30.5.07

cuarto arreglado

Me siento orgulloso porque por primera vez en mi vida he hecho lo que es prudente hacer. Nos dimos un abrazo largo, o varios abrazos pegados, y te fuiste. No sé si habrás volteado, pero me imagino que sí. Yo, por primera vez en mi vida, no emití un solo ruego, ni un “por favor, creo que podríamos intentarlo”; por primera vez en mi vida me he dedicado a ser tan cáncer como puedo ser. Pasé dos días con una constipación emocional que daba miedo, al día siguiente bebí como si fuera el 31 de diciembre de 1999, y el fin de semana, por fin, tuve una comida entre amigos y arreglé mi cuarto.

Mi pieza no es grande. Cuando más, hay que dar tres pasos largos para atravesarla de sur a norte, y dos más (con un modesto apéndice) para hacerlo de occidente al este. Tiene un closet de puertas blancas, que hasta el sábado se encargaba de simular el orden del resto de las cosas: cerrado=acomodado. Lo primero que hice fue quitar esas puertas y dejar el closet abierto. En un mar de camisas enormes, chamarras fosforescentes y playeras sin mangas, estaba sumergida, si acaso, una buena porción de mi vida, que hoy, a cuenta de nosotros, pensaba salir a flote.

El arreglo requirió de varios suspiros, de vaciarlo todo, dejar la casa regada, barrer el cuarto vacío, y volver a llenarlo todo, en orden. Ello implicaba, por fuerza, desechar buena parte de los papeles que han habitado mi cuarto con profunda serenidad por los últimos dos años. En ese momento yo no lo sabía, pero eso dejaría por saldo unos cuarenta kilos de basura y escombro. Al final, mi cuarto parece un remake con ripios de una escena de 1978: las puertas del closet blanco, que del otro lado son cafés, son ahora la mitad de una pared. Las ropas (que ahora son la mitad) se observan desde cualquier rincón, y el closet quedó abierto, sin opción a convertirse en el refugio de cachivaches otra vez. Mi cuarto ahora no tiene opción de descontrolarse ni un minuto, y eso te lo debo a ti.

Lo que más llamó mi atención fue la cantidad de cosas de valor sentimental que, al final, se convierten en papeles de colores que no combinan con nada. Un montón de cartas esmeradas, que hoy parecen un esfuerzo muy poco elegante por lograr la venia de un ser cruel, muy cruel, que, en última instancia, terminará sonriendo con ternura para aventarlas sin reparos a la basura. Muchos nombres pasaron del callejón de los recuerdos a la meseta del nunca más. Ninguno es el tuyo, por supuesto: tú nunca fuiste tan ordinaria; te aseguraste de que tus cartas, esfuerzos y misivas, quedaran grabados en el cajón de mi memoria viva, el cual no puedo limpiar así tan fácil.

Ahora: lo que yo no sabía era que mi cuarto contenía grandes cantidades de tres cosas: libros, boletos de avión, tren y camión, y polvo. De los primeros estuve tentado a hacer una selección que destituyera a los más despreciables. No pude hacerlo. Al final, la Generación X quedó junto al Sarum de Rutherford, Borges quedó, sorpresivamente, en la fila de atrás, y logré rescatar varios tomos de una colección de clásicos que era de mi padre. Descubrí que tengo muchos ejemplares de las Alusiones a Buélco de mi amigo Arturo, quizá demasiados, y que perdí algunos de los libros más gratos de mi vida: los Cronopios de Cortázar, las Ficciones de Borges, el Golem. Mis libros, que parecían miles, se ven agradablemente ordenaditos en la repisa que corona el closet, y conviven civilizadamente con las cajas de mis discos, muchas de las cuales se encuentran vacías sin que yo tenga la menor idea de a dónde demonios fue a parar tanta música. Eso sin mencionar que, a final de cuentas, parece que tengo más diccionarios y libros de auto ayuda que literatura en toda la extensión de la palabra. No sé si eso me convierta en un charlatán o en un desvergonzado. En mi defensa debo decir que conservo igual las comedias de Moliére (en la horrible edición de Porrúa), que las más finas impresiones de Paulo Cohelo. Nada qué decir: siempre admití ser mejor escritor que lector, lo cual no es excluyente ni demuestra nada. Sólo que mis libros, hoy, ya no tienen modo de engañar a nadie. Digamos que, a todas luces, no soy más que un terco, porque, si algo sé de cualquier cosa, es porque he leído demasiadas veces los mismos libros. Tan solo ayer comencé por tercera vez “La vida después de dios” de Coupland, que ni es tan bueno ni me trae recuerdos tan gratos. Así de ordenado está mi closet, que ahora ni siquiera puedo pretender que no he leído libros malos.

De lo segundo que había mucho era de boletos. Lisboa, Sevilla, Guanajuato, Puerto Vallarta, Casablanca, Praga. Hice cuentas: si cada boleto que conservo en mi poder me implicó en promedio dos horas de espera en un aeropuerto o estación, eso quiere decir que he pasado el equivalente a un año en alguno de esos locales. No puedo evitar una mueca: la verdad es que nunca me han gustado los aeropuertos, estaciones y demás (a diferencia de ti, que la última vez me mandaste a saludarte en voz alta al aeropuerto, cosa que hice y de la cual no me arrepiento). Me parecen lugares muy tristes. La gente llega ahí con toda la emoción del mundo, lista para hacer un viaje, o para regresar de él. La gente comienza a vivir ahí sus más grandes odiseas… sin recordar jamás que ahí comenzaron. Digo, no es muy normal encontrar que en una bitácora de viaje aparece un aeropuerto. Así funciona: los aeropuertos y estaciones son lugares hechos para no ser. A veces me siento como un aeropuerto de gente… pensaba eso cuando me pareció escuchar el claxon de tu auto fuera de mi casa. No fue así. Una vez terminada la emoción por ese solo pensamiento, tiré los boletos a la basura.

De la tercera cosa que había mucho era polvo. No hay mucho qué decir al respecto: cuando terminé de limpiar, casi de inmediato, mis vías respiratorias quedaron tapadas.

Así que hoy tengo una gripa que apenas me permitió pararme de la cama. Eso es bueno: a cuenta de mi constipación física, ha desaparecido la emocional. Lo que quiero decir es que, en cuanto comenzaron a escurrir los mocos, se abrieron los zurcos libres para las lágrimas: por fin puedo admitir que te he extrañado y esas cosas. Seguramente la mayor molestia de mi gripa es que no me permite recordar el olor de tus muslos. Ahora que lo pienso, creo que debí haber besado más tus muslos. Y debí haber hecho una foto de tú y yo juntos, para colgarla junto a mi cama. Así las paredes de mi cuarto (de mi cuarto limpio, esterilizado, ordenado de acuerdo con el feng shui, dispuesto como nuevo para ser visitado por cualquiera),las paredes no estarían tan vacías, y yo podría colgar en ellas lo único que tengo ganas de ver todos los días.

2 perplejos:

Ricardo Cortizo dijo...

A ver, va de nuevo...

¿De que tanto me he perdido?

Monsieur, en verdad, creo que es hora que se deje ver.

Un abrazo.

Arturo dijo...

Maestro:

Le aseguro que cualquier parecido con una realidad paralela y tal vez generacional (qué horror!!), es pura coincidencia.

Deshágase cuanto antes de las Alusiones a ese tipejo, le aseguro que tienen la capacidad de invadir cuartos y llenarlos de un naranja nauseabundo… La última vez que yo limpié mi cuarto (por ahí del año 2000), encontré entre otras miles de cosas un cotonete y una guayaba altamente descompuesta, todavía conservo el cotonete, la guayaba fue insalvable…

Gran texto Maestro, valió la pena destruir su cuarto (y otras cosas más) para escribirlo…