La tarde de los edificios intactos
Ante todo debes saber, querida, que hoy me reprocho por no haber notado que esa noche había algo distinto; pero no era yo entonces el que soy ahora, ni tenía modo de conocer el futuro.
Verás: no llovía. O eso creo.
Pero los moscos estrellándose contra la ventana semejaban un diluvio. Las sábanas quemaban; pasaba uno, dos, tres segundos y luego tenía que moverme a otra esquina de la cama para buscar el frío, casi con antenas. Y después seguirlo buscando. Hasta que no había en toda la cama algo fresco, algo nuevo: todo quedaba tan caliente como si estuviera en llamas. Para cuando me daba cuenta, estaba girando sobre las sábanas, haciéndolas girones, deshaciéndolas. Afuera, los ruidos se magnificaban por el hastío, los sofocantes ruidos de patrullas y ambulancias rondaban la calle, los ruidos raspaban al ras de la sábana, un anciano ebrio vociferaba contra quién sabe qué dioses. Era, podrás verlo, una noche horrible de insomnio rastrero. Una noche sin fondo.
Pero entonces despertaba. Y no llovía. Los insectos se estrellaban contra el vidrio semejando un diluvio, las sábanas quemaban, un viejo ebrio anunciaba a gritos en la calle que el mundo estaba a punto de terminar. Y el insomnio seguía ahí, tanto en la vigilia trepidante como en el sueño espantoso, dando vueltas en la cama.
Estarás de acuerdo conmigo: debí haberme percatado de que había algo distinto. Pero el cansancio y el rencor hicieron de mí un hombre simple: dando vueltas en la cama, atribuí el insomnio y su pesadilla a la indigestión. O a los moscos tratando de penetrar la ventana. O al anciano. O a ya no recuerdo qué. O a tu ausencia.
Claro, llegué a dudar si estaba dormido o despierto. Todo lo que ocurrió esa noche se volvió espiral y hasta podría decir que se volvió eterno.
Pero quién soy yo, aún hoy, aún al escribir esta carta, para imaginar eternidades.
Durante las primeras dos horas intenté genuinamente dormir, contándome historias, recordando momentos felices, no todos contigo. Pasé un tiempo que no logro precisar contando los días que llevaba recluido en casa (¿dos semanas, tres?), comiendo pizza, leyendo de vez en cuando una novela de ciencia ficción cuyo nombre ahora no recuerdo (sabes que siempre he sido malo para esas cosas) y que nunca logré terminar. Varias veces tuve la impresión de que había una decisión importante qué tomar; claro, no la había; no parecía haberla. Un tiempo considerable, aunque con poca determinación, observé la ropa que no alcanzaste a llevarte del clóset, y te culpé por mi insomnio y mi indigestión y el ebrio y los insectos, y resolví llamarte y no me atreví. Más tarde, era lógico, consideré la idea del suicidio. Como otras noches (hoy me arrepiento), desistí.
Mientras, daba vueltas en la cama, dormido y despierto, como insecto que intenta penetrar un cristal.
Pasada la primera luz del alba, sin saber si me había revolcado veinte horas o dos, caí en un sueño profundo. El mundo, dentro y fuera de mi cabeza, guardó silencio.
Incluso tú.
Desperté mareado y creo que todavía un eco de la noche tremenda me rondaba. Pasaba del medio día. Estrujé mis ojos, estiré mis brazos, y me quedé echado, observando el techo, mirando una cucaracha caminar por el borde de la pared y desaparecer de mi vista sin notarme. Todo parecía parte de otro sueño: las paredes blancas perfectas, la quietud absoluta, el trazo de las cosas demasiado nítido. Fue el sonido de mis tripas, el dolor cándido del abdomen, tu foto en el buró, lo que me hizo estar seguro de que estaba despierto. Afuera el cielo era dorado como el residuo de una explosión.
Para esas alturas del encierro, la casa ya había desaparecido debajo de un montón de basura con la que aprendí a vivir en tregua constante. Lo más fácil era estar ahí como si no existiera nada, respondiendo sólo a los caprichos de mi cuerpo, consumiendo lo mínimo necesario. Fui en ese tiempo, como ahora, como presagio de lo que estaba por venir, un animal silencioso. Para remediar el hambre, lo más sencillo era hacer lo de siempre, pedir cosas por teléfono y rumiarlas en calma frente a la televisión. Nada más: la única forma de no pensar que sin ti la vida se me estaba terminando.
Así que esa tarde sorteé, como siempre, las botellas de refresco vacías, las bolsas arrugadas de papas fritas, caminé entre la orgía de empaques vacíos y residuos fétidos de mi depresión. Encendí la televisión mecánicamente, mientras me rascaba partes que debo omitir por respeto. Tomé el teléfono de entre los cojines para pedir otra pizza, pero no había línea. Entonces me di cuenta de que la televisión tampoco había encendido. Me rasqué la cabeza, seguro de que el recibo de luz, aún sin pagar, debía estar hundido en medio de todo aquello. Abrí el refrigerador: el estómago rugía. Vacío. Resolví que no habría más solución que salir a la calle a buscar algo de comer. Exponerme al acecho de un mundo al que yo ya no pertenecía.
La puerta, que no había cruzado desde que te fuiste, azotó detrás de mí, como para nunca más abrirse.
Un viento delgado corría por la calle desierta. Miré mis pies, embutidos a fuerza en las sandalias horribles que me regalaste la última navidad que pasamos juntos. Lo siento: son un espanto, y aún me reprocho por no habértelo dicho antes y por haber salido con ellas ese día. El frío enano me rozó el empeine y tuve que cerrarme la chamarra. A lo lejos escuché, o imaginé, la sirena de una ambulancia, quizá incluso el grito de un pregonero, una conversación lejana, que desafinaron el silencio. Pero el viento silbaba, así que hasta hoy no estoy seguro de nada de eso. Como esa vez en la playa, cuando las olas nos parecían voces, ¿te acuerdas? Sólo que esta vez era domingo. Una cosa es cierta: los edificios estaban intactos, así que no tenía modo de saber lo que ocurría. Un extraño olor a cloro llenaba el aire. Parecía la misma ciudad devastada de siempre, el mismo caos contenido. La misma insoportable levedad.
Resolví que caminar, luego de tantas semanas, de tanta soledad, sería un buen pasatiempo. Vagué, con el estómago rugiendo, por las calles de siempre, sin ver a nadie. Acaso un perro se acercó a olisquearme, acaso de una alcantarilla brotaron las antenas de un insecto enorme buscando el frescor de la tarde. Paso a paso los edificios se volvieron más extraños, las esquinas más desconocidas, el dolor de estómago más hondo. Hasta que toda la calle, todo el mundo, me resultó absolutamente ajeno, como si yo nunca hubiera existido ahí, o como si el universo entero fuese la maqueta de otra cosa, de otro sitio que conocí entre sueños. Mientras, sólo las calles vacías y el hambre.
Me encontré con una casa derruida. Las ventanas estaban tapiadas con tablones podridos, la puerta cubierta con ladrillos y las paredes, casi todas a punto de derrumbarse, sostenían con trabajos un techo a dos aguas parecido al de la cabaña donde tu abuela nos recibía de vez en cuando, y donde, alguna vez, me dijiste que pronto me dejarías. El estómago rugía de hambre, y me arrepentí de no haber comido antes de echar a andar. El humo lo noté casi por casualidad, al otear en busca de algún restaurante de comida rápida de esos que dicen abrir incluso en el día del juicio final; estampado contra uno de los muros de la casona, un auto chorreaba aún aceite. Su defensa estaba casi fusionada con los ladrillos, las puertas oxidadas, como si la mano de un gigante las hubiera aplastado en venganza de una muerte inexplicable. Por las llantas subían plantas que no conozco. No sé si era un Mercedes Benz o un BMW; sabes que siempre he sido malo para esas cosas.
Dentro algo se movía, una cabeza o un panal: lo que fuera, debía estar descuartizado.
Me acerqué con el corazón caliente: si había ahí dentro algo que salvar, no sería yo (nunca lo he sido) el indicado para el rescate. No sólo porque siempre he sido inútil para esas cosas, sino porque el hambre laceraba cualquier movimiento, lo volvía temblorina. Y cerca no había una sola ambulancia; el teléfono público de la esquina no daba línea.
Al abrir la puerta, las moscas, el enorme cargamento de whisky fino, los montones de bolsas de papas vacías, el temible acervo de armas en el asiento trasero y su desnudez parcial robaron mi atención. No le vi la cara de principio. En el asiento del copiloto estaba el cuerpo, aún rojo, de una mujer que sin duda debe haber sido modelo en vida. Él la tocaba con la mano derecha, y con la izquierda hacía cosas que por pudor no te relataré. No me dio asco: el hambre punzaba dura contra mis costillas. Me miró sin sorpresa: bajo su barba de días, oculto tras las greñas, pude ver por un momento mi rostro; específicamente el rostro que me vi al espejo pocos minutos después de que saliste del departamento por última vez. La imagen duró un instante apenas. Luego el semblante cambió por el de un anciano que, sin mediar otra presentación, se dio cuenta de que yo escudriñaba el auto con la mirada, sin entender. “Vaya, por fin”. Sacó sus manos de los diversos asuntos, cubrió el cuerpo de la modelo con una manta manchada de aceite y bajó del auto. Fuera, se subió los pantalones, tosió varias veces, estiró el cuerpo, se estrujó los ojos.
Era una cosa rara el anciano. Muy parecido al hombre que encontrábamos cada tanto cerca de la casa. Sucio y un poco fantasmal. Me resultó increíble la idea de que este fuera el único hombre sobre el planeta. O sobre esta parte del planeta. Lo miré como niño que se encuentra por primera vez en la vida con un hormiguero. Su panza sumida, los pantalones roídos, y, detrás de él, dentro del auto, la basura derramándose. “¿Qué me ves?”, preguntó sin interés alguno. Como es natural, yo respondí: “Nada”.
“Debo ser un pedazo bastante interesante de nada”. Eso dijo después.
“Bueno, a lo importante: ¿por dónde llegaste aquí?”. Me lo preguntó como si yo supiera de qué demonios estaba hablando. Por supuesto, no lo sabía. No se quedó quieto: mientras indagaba sobre lo que él llamaba “mi escondite”, “mi bunker”, sacó de la cajuela del auto una bolsa como la que usabas tú cuando íbamos a la playa. Guardó ahí tres botellas de whisky, dos mantas, y observó a la mujer muerta en el asiento del copiloto. “Con ella te puedes quedar. Te hará falta”.
Yo no tenía mucho interés en saberlo todo, porque como bien sabes (como bien dijiste el día que te largaste), soy un cobarde, y porque, como ya he dicho, el hambre no dejaba de apretarse contra mis costillas. Si la historia que estaba a punto de contarme ese hombre rebasaba la náusea, lo que pudiera pasar conmigo después sería demasiado penoso. Aún así pregunté. Rió: “claro, ¿quién si no este anciano asqueroso para contarte lo que pasó? Dudo que encuentres un periódico con la noticia de ayer. Y, por supuesto, no tienes idea de nada”. Y rió más. Me miró de frente, dejó su maleta en el suelo, y se tomó el tiempo de decírmelo todo. Todo lo que tú, a estas alturas, ya debes saber: del primer rayo de luz que surcó el cielo, del aterrizaje precedido por las armas desconocidas, “agradece que ya no tendrás que verlos a ellos. Agradece que los hijos de puta se largaron”. Eso me dijo, y lo transcribo como lo recuerdo (disculpándome por los vocablos, querida) porque considero importante que conozcas al tipo de hombre que encontré antes de juzgarme por lo que hice con él. Me contó de lo que pensaron al principio, de lo que descubrieron tras la masacre, de las colmenas, del arma biológica que les quitó primero la memoria y luego terminó envejeciéndolos a todos hasta la muerte con una rapidez inimaginable. Todo. Mientras él me contaba las cosas horrendas, sólo podía pensar en ti, en lo que debes haber tenido que hacer.
Sólo podía pensar que, después de todo, no envejecí contigo.
“Bien, Cucaracha”. Así me llamó después el anciano, no sé por qué. Y luego habló más; me gritó, exigió cosas que yo no escuchaba: mientras él vociferaba contra mí y quién sabe qué dioses, miré el mundo de un modo distinto. Los edificios estaban intactos; el domingo, perfecto. Quedaba claro que el mundo había terminado, o casi, mientras yo daba vueltas en la cama. Me pareció, aún en ese estado, aún con el viejo gritándome en la cara y el hambre cercenándome el estómago, que todo eso no podía haber sucedido en una noche. Deduje que estaba soñando, e incurrí en todos los métodos de comprobación que me enseñaste esa tarde que entré en pánico y supuse que toda mi vida había sido un sueño: me pellizqué, escupí, miré mi reloj, me fijé en el color de las cosas. Nada pasó. Yo seguía frente a ese viejo que cada vez subía más su tono, hasta que, con las manos temblándole, sacó un arma del auto y me apuntó a la cabeza. “Así que vas a decirme cómo llegar a tu casa, Cucaracha, o te voy a volar los sesos”. No me espanté por ver el arma: mi preocupación era que, sinceramente, para entonces no recordaba cuál era el camino a casa; ¿cómo te llevaría de regreso?
Resolví que no había mucho más que hacer; de un sitio que desconozco saqué la fuerza para arrancarle la pistola. El forcejeo duró poco, y el cielo era raso. En esa situación tú lo hubieras matado a quemarropa. Yo no. En cuanto tuve el arma en mis manos, pegué el frío cañón a mi sien. Intenté el suicidio; (hoy me arrepiento) tardé en atreverme. Durante un instante que duró toda mi vida miré como un ejército de insectos salía del auto del anciano. Mientras pensé en otras cosas: en mi hambre, en ti, en alguna noche que pasamos juntos y de la que ahora sólo recuerdo luciérnagas. Luego tuve la intención de jalar el gatillo. Y espero que me perdones, querida, pero no fue así: ese momento se alargó lo suficiente como para que el viejo se acercara a mí, para alejar de mi cabeza el arma y dirigirla a su estómago. “No es tan sencillo, Cucaracha”, dijo. No me estaba forzando, aclaro. Ya lo sabes: siempre he sido un cobarde. Pero sostenía el arma contra su abdomen flácido con una fuerza que no parecía real. “Suicidémonos pues, Cucaracha. Sonaba bien desde hace mucho, ¿no? Pero seamos justos: a mí me toca primero. Una cosa he de decirte: el hambre no se va a terminar nunca. Y en esta nada, Cucaracha, no hay nada qué buscar”. Y disparó.
En sus pies tiesos llevaba unas sandalias como roídas por insectos, que tú odiarías.
No hubo otra cosa: una patrulla buscándome, una grúa recogiendo el auto. Nada. Ni tu foto perdida en los escombros del auto. Sólo el hambre, todo este tiempo. Ni siquiera un recuerdo que no esté contenido en esta carta, ni la esperanza de despertar. O de dormir.
Así que estoy en el auto estampado contra el muro de una casona derruida; aquí podrás encontrarme. Espero que lo hagas: yo, después de no sé cuánto tiempo, en este mundo que ya no es tal, ya he dejado de buscarte.
La versión original de este cuento fue publicada en el número de agosto de Guardagujas, suplemento cultural de La Jornada Aguascalientes

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