8.6.15

Hola, Santiago

Hola, Santiago. Qué raro decirte Santiago: hola, Rata. Hola, manito. Hola.

He querido escribirte desde que moriste. Justificaciones para no hacerlo podría darte miles; lo cierto es que no sabía cómo decirte las cosas que de verdad quiero decirte, que son muchas. Durante estas dos semanas he ido registrando en mi cuadernito ideas al aire que así, sueltas, no tienen mucho sentido; las anoté para no perderlas, creyendo que en algún momento podría ordenarlas dignamente. Por ejemplo, en tu funeral, escribí: “todo el amor y toda la tristeza del mundo”. Con caligrafía lenta, pesada, cuando me enteré de tu muerte escribí: “hasta que nos volvamos a encontrar”; con grafías veloces, un poco desesperadas, hay otro texto de la madrugada después de tu velorio: “Quiero pedirte que al menos regreses a contarnos qué hay del otro lado”. Así tengo guardadas decenas de frases sueltas que ni siquiera yo entiendo muy bien. Supongo que en el fondo estoy otra vez intelectualizando (como tantas veces tú y yo, medio borrachos, intelectualizamos tantas otras cosas…), y que esas frases inconexas son muchas versiones distintas de una sola cosa: no entendemos (hablo en plural porque sé que somos muchos, y sé que de todos ellos yo no soy ni el más importante ni el más triste), no entenderemos nunca que este mundo siga girando sin ti encima, como si este universo no fuera un lugar un poco más solo desde que tú te fuiste.

No sabía cómo empezar a escribirte, pero hoy en la mañana encontré un texto que nunca había leído; es de un escritor que se llama Henry Scott Holland, de quien nunca había oído hablar. Leí ese párrafo una, dos, veinte veces. Hace dos semanas que quiero escribirte, y no hay día que no piense en cómo empezar a ordenar las frases que tengo desvencijadas, porque quiero ser digno de decirte algo, de hacerte un homenaje mínimo; pero fue este texto pequeñísimo el que me empujó a hacerlo por fin, porque ahora siento no que quiero escribirte, sino que debo responderte. Verás: la última frase para ti en mi libreta es esta: “¿Qué significa todo esto, qué significa todo esto si tú tuviste que irte antes?”; el texto de Holland:


Sé que este párrafo lo escribió un escritor para mí desconocido. Pero al leerlo por primera vez sentí que de algún modo esa hubiera sido tu respuesta si yo te preguntara directamente qué significa todo esto. Que tú me hablaste con esta frase antes de que yo pudiera pronunciar palabra. Quizá, después de decirme esto, que "all is well", hubiéramos empezado a hablar de quién sabe qué otras cosas. Y me parece que en algún punto después de eso quizá yo podría decirte todo lo que tengo que decirte, las cosas que ahora no sé cómo empezar a escribir.

De esa hipotética conversación, que sucederá algún día, pronto o dentro de mucho, por ahora sólo me siento capaz de rescatar una frase que anoté en mi cuadernito la noche de tu muerte: “de este lado te vamos a estar buscando siempre, aunque sepamos que no podremos encontrarte nunca, que nunca nadie serás tú. Y eso está bien.”

Así que de aquí a que nos encontremos de nuevo: hola, Santiago. Hola, Rata. Hola, manito. Espéranos en la esquina. Sabremos reconocer tu rostro. Sabremos reconocer tu rostro siempre.




15.1.15

Ricardo


Mi abuelo Ricardo es el único ser querido al que he visto en un féretro. Su rostro era sereno y hasta se había desarrugado; tenía las mejillas rojizas y el poco cabello otra vez negro. Parecía sólo dormido, y varias veces pensé que en cualquier momento abriría los ojos para pedir un cigarro más, un café más; entre su cuerpo y la tapa de la caja pusieron un acetato transparente. Más que muerto, parecía como recién puesto en criogenia dentro de una cápsula, listo para viajar en el tiempo o a una galaxia lejana. De algún modo, las palabras que mi madre usó para anunciarme el fallecimiento fueron precisas: “tu abuelo ya terminó”. Ya terminó aquí; le toca ir a otro lado, a otro tiempo. Lo espera su siguiente aventura.

No es que mi abuelo haya sido, en apariencia, al menos, muy aventurero. El recuerdo sólido que me queda de él es sentado en el sillón de su sala, mirando la televisión, fumando y tomando café. O comiendo arroz con plátano en el monstruoso comedor café. O leyendo el Excélsior u hojeando el Selecciones como buscando algún código escondido, junto a una vitrina monumental y llena de cristalería que siempre me pareció demasiado frágil a su lado. Lo recuerdo refunfuñando después por un montón de cosas, usando siempre la misma muletilla cansada, ronca, bronca: “Vaya pues”, decía, siempre antes de un bufido. Lo recuerdo literalmente como un toro atrapado en una tienda de vasos. “Muchachos desgraciados”, nos decía a su larga prole cuando entrábamos con los pies llenos de lodo después de jugar en las jardineras del patio colosal de su edificio; a veces soltaba un coscorrón certero y cegador, como golpe de karate de espía bien entrenado. Y luego miraba a la ventana, ya medio desvencijado, como añorando algo; o salía a comprar una Coca retornable. En el camino se cruzaba con dos o tres vecinos y entonces se volvía encantador. Volvía sonriendo y con dos amigos nuevos a los cuales les había sacado alguna información relevante sobre el funcionamiento del edificio. “Ya vine, Teresita”, le decía a mi abuela, a la que le habló de usted toda la vida, incluso después de cinco hijos y sesenta años juntos.

Visto así, mi abuelo Ricardo podría haber parecido un anciano cansado, decepcionado de la vida. Después de todo, nunca consiguió un trabajo demasiado estable, y los pocos que tuvo terminaron en catástrofes colosales. Hace muchísimos años hizo migrar a su familia joven del desértico pero familiar Durango a un Distrito Federal lejano y hambriento, con el pretexto de un empleo estable pero del que nunca habló antes y que, al llegar a la ciudad, se esfumó. Tuvo a sus hijos viviendo en un cuarto y a su esposa trabajando para mantenerlos. Eventualmente se volvió repartidor de refrescos, pero entró a una huelga que se antojaba heroica y que terminó con un despido flagrante. Despachó en una tienda de fotografía que no tenía baño y que un día amaneció misteriosamente calcinada. Hay que decirlo como es: mi abuelo podría ser fácilmente visto como un fracaso. Sería sencillo pensar que, al ver por la ventana o bufar, se estaba recriminando algo o lamentándose por una vida desperdiciada y larga, cada vez más y más larga.

Sin embargo, en esa imagen de mi abuelo Ricardo hubo algo que nunca cuadró. Por ejemplo: tenía un cajón en el que guardaba todo y que una vez cada tanto me dejaba hurgar; junto a las corcholatas viejas y los encendedores inútiles, había pequeñas máquinas maravillosas e indescifrables, cuadernillos con anotaciones cifradas, navajas, balas. Vestía siempre de café y siempre de corbata, y en sus fotos de joven usaba un bigote impecable, un rulo en el copete que lo hacía parecer un Clark Gable de Europa del Este. “A mí en Durango me decían ‘El Checo’, porque dicen que parezco de por allá, ¿verdá, Teresita?”. Mi abuela rodaba los ojos mientras él seguía contando que su mamá era francesa; que una vez de niño, gritándole “¡quítese, güerito!”, lo sacó del camino un cuatrero llamado Pancho Villa.

Visto desde el lado de las anécdotas que contaba y las manías que conservó hasta la muerte, mi abuelo bien pudo haber sido un héroe de película. El James Bond del norte mexicano, un Indiana Jones jubilado, el Han Solo de la Colonia del Valle. O al menos así podrían explicarse sus versiones disparatadas del mundo, sus desgracias al hilo, los coscorrones y el carisma metidos en el mismo cuerpo. Así podría entenderse su manera de conducir cuando nos recogía a mis hermanos y a mí para ir a la escuela después de que mi papá se fue de la casa: con el clutch siempre metido, como si estuviera acostumbrado a vehículos más sofisticados que su Golf, metiéndose entre el tráfico como si cargara con una torreta, sin usar jamás el cinturón de seguridad. Sólo así puede explicarse que a los 80 años todavía bajaba de los peseros en movimiento como si él hiciera sus propios stunts.

Toda la vida mis primos y yo hemos pensado en él como alguien que lo veía todo chueco, o directamente como un hombre iletrado y terco. Pero quizá mi abuelo sabía mucho más que nosotros, quizá tenía fuentes de altísimo rango a las que nosotros jamás tendremos acceso. Aseguraba, por ejemplo, que el agua de mar no se acaba porque tiene sal y, como el bacalao, así se conserva eternamente (acaso una de sus aventuras lo llevó a enfrentarse a un villano gachupín — y esto explicaría también su odio por los españoles— que quería sacar toda la sal del mar, y él tuvo que evitarlo usando un artefacto de su cajón). Creía ciegamente que si todos los chinos brincaran a la vez, el planeta saldría de su órbita (lo imagino corriendo por Pekín para desactivar la sirena que dará la alerta a toda China). Su chiste favorito era este: “¿Qué sigue después de Cabo Catoche? Pues Cabo Quinche” (¿sería ese el nombre de una base secreta?). Para todo decía “vóitelas”, quizá como parte de un código. Al saludar, su frase para abrir la conversación fue siempre la misma: “Cuénteme sus pecados”, acaso para recabar valiosísima información. Al despedirse me recordaba todas las veces la misma misión: “Acuérdese: si se ve apurado con las muchachas, me habla”. Porque no hay súper agente alguno que no tenga alma de galán.

Si fue regañón, quizá eso se lo debió al entrenamiento de la policía secreta; si fue testarudo, tal vez fue porque sólo existe un modo de completar las misiones. Y fue ambas cosas. Y fue también desidioso y conflictivo. Pero todas esas características también pueden ser de un hombre de acción. Al menos eso lo sabemos los nietos a quienes él puso directo bajo su ala, a quienes nos sirvió de padre sustituto durante muchos años, mostrándonos un amor recio, desértico como Durango, pero muy real. Recuerdo que a los diez u once años, mi abuelo Ricardo me dijo dos o tres cosas sobre mí (que nunca nadie más ha notado) que evidenciaron una lucidez analítica que sólo puede deberse al cariño sincero y dedicado o a un súper poder. Que es lo mismo.

Sus últimos años los pasó primero cuidando a su esposa con Alzheimer, y luego envejeciendo cada vez más rápido, creciendo las cataratas. Los dos plátanos diarios que lo mantuvieron fuerte tanto tiempo se volvieron de algún modo su kriptonita: llegó a los 97 años pasando las tardes como se pasan los tiempos extra, mirando la nieve de un televisor sin señal, comiendo galletas, dejando consumirse los cigarros en el cenicero. Pocos días antes de morir veía humo en su cuarto y muchachas paradas en la puerta. Y a pesar de que ya no podía pararse, y de que lo bañaba un enfermero con todo y pataleta, una de las últimas cosas que le dijo a mi madre fue: “Mijita, yo no me quiero morir. Prefiero quedarme aquí sentado y ciego muchos años más antes que morirme”. Acaso sentía que sin él el mundo quedaría sin salvador. Cerró los ojos y no despertó: entró en esa criogenia cuyo destino sólo él conoce ahora.

Todo esto parecería una lectura romántica de un ser querido después de su partida, una versión demasiado fantasiosa. Sin embargo, hay una cosa que nunca nadie logró explicarse: a pesar de haber nacido en un desierto, sin educación, de no haber tenido nunca un trabajo constante, mi abuelo tocaba el piano esplendorosamente. Lo recuerdo eufórico sobre un vals sin que nadie pudiera entender cómo él, el abuelo Ricardo, podía sacarle esas notas al piano. La única explicación que me parece plausible es que lo aprendió cuando fue guardia de un embajador, o cuando se entrenó en San Petersburgo, o que le implantaron esa habilidad cuando salió de la Matrix. Decía Pessoa que el arte es la demostración de que la vida no basta. Mi abuelo Ricardo es la demostración de que ni siquiera 97 años de vida alcanzan. No sin algo incomprensible oculto en este desierto que es la vida, no sin algo en la imaginación, en ese territorio del que mi abuelo sí que era un héroe.

Su historia favorita era contar que de niño, en Santiago Papasquiaro, Durango, cruzaba el único arroyo del pueblo desértico colgado de la cola de una vaca. No sé si la historia sucedió realmente o si fue otra de sus aventuras. Pero sé que mi abuelo terminó por fin, después de todos estos arroyos. La última cola de vaca. Ya no más desiertos. A otra aventura. Buen viaje.

25.12.14

El invitado


“Por quinta vez, hijo: ese no es Santa Claus”. El niño frunció el ceño y se cruzó de brazos; al ver que sus explicaciones no surtían efecto, la mamá se echó como pavo en el comedor. Se arrepintió de no haberle dicho a su hijo la verdad sobre sus regalos navideños: que la fe no obra aguinaldos. Ahora, por hacerle caso al papá y alargarle la ilusión un año más, estaban en el peor escenario posible: a menos de cuatro horas de la cena, el niño volvió de la tiendita con un vago barbón, lo paseó por la casa y lo acomodó en la sala antes de anunciarles entre brincos: “¡Traje a Santa a cenar con nosotros!”. La mamá vio a su esposo en la sala con el vago y bufó; se frotó la frente, calculó el tiempo que toma preparar los romeritos y lo dio todo por perdido. 

El papá pasó varios minutos sentado con las manos entrelazadas, decidiendo qué decirle a ese hombre con sonrisa de beodo feliz y cachetes encendidos que estaba frente a él. Afuera ladraron los nueve perros que acompañaban al vago y que amarraron a un poste sin negociar al ver que uno de ellos, el más escandaloso, tenía una sarna tan grave que le había puesto la nariz colorada. Vio el gorro color vino, la panza hinchada, el costal repleto, el pelo blanco. Salvo por la ropa hecha trizas, hubiese jurado que el año anterior había sentado a su hijo en las rodillas de ese hombre para sacarle una foto en el centro comercial. El escalofrío lo obligó a hablar. 

—No le haga esto a mi hijo. Usted sabe que no es Santa Claus… 
—No, ya no. Maldita crisis de fe. Estos niños ya no creen en nada, y así no hay trabajo que aguante… —y soltó tres hipos hilvanados que sonaron así: ho, ho, ho. 
—¿Esto es porque perdió su trabajo? Vamos, habrá otros malls que quieran contratarlo. Mírese: es usted un gran imitador de Santa... 
—¡Imitador! Quiero ver a un imitador que soporte lo que mis renos y yo… 
El papá miró a los perros afuera: viéndolos bien, sí parecían renos. Atropellados. Por un tractor. 
—No, usted no comprende —el vago se le acercó agitando el dedo índice, con la sonrisa estática pero los ojos encendidos de furia—. Primero fueron las tiendas diciéndome que habían conseguido una distribución más efectiva que la mía: los padres del mundo empezaron a hacer sus propias compras, creyéndose esa campaña de desprestigio que aseguraba que yo no existo. Luego tuve que despedir a los elfos y vender las oficinas del Polo Norte. ¡Llevo ya cincuenta años en la calle, ni más ni menos! ¿Le parece eso una imitación convincente? ¿Eh? 
—Eso no tiene sentido: como dueño del monopolio, Santa Claus no hubiera tenido problema para controlar la distribución, y la fe se compra con publicidad, usted lo sabe. Me parece que usted está obviando el factor decisivo: las chimeneas. 
El vago bajó por primera vez la sonrisa tiesa: 
—¿Las chimeneas? 
—¡Claro! Ya casi no hay casas con chimenea. El sistema de distribución resultó obsoleto en sí mismo, y no por culpa de un boicot. Créame, soy ingeniero. ¿Ve? En vez de quejarse y dejarse llevar a cenas navideñas ajenas, debería analizar el problema y dedicarse a instalar chimeneas. Mire... 

Se apuró a explicarle lo básico de sistemas de extracción, cómo volverse un contratista, cómo diversificar el negocio hasta incorporar la distribución de juguetes. Se apasionó tanto con su propio discurso, que de pronto el papá se encontró argumentando a favor de la versión de Santa y peor: creyéndola. “Campañas de desprestigio hay todos los días, incluso más rapaces”, gritó al cabo de una hora; “¡el sensacional regreso de Santa Claus a la escena navideña mundial es inevitable! Está tan de moda lo vintage…”, aseguró; “empiece hoy mismo, para aprovechar los aguinaldos”, aconsejó ya despeinado. 

Santa lo miró incrédulo, sobrio, ruborizado; los renos dejaron de ladrar. Eufórico, seguro de que acababa de volverse consultor del renovado Santa Claus, compadeciéndose por su desgracia, el papá sacó su cartera y le dio un montón de billetes, “para devolverle la ilusión a los niños”, dijo, y guiñó un ojo con demasiado histrionismo. 

Volvió a la cocina intoxicado de orgullo y anunció que acababa de poner a Santa Claus en un taxi. La mamá bufó de nuevo, saltó como bacalao hirviendo y se puso a cocinar. El hijo lo abrazó. 
 —¿Entonces Santa sí va a traer mis regalos más temprano? 
—¿Más temprano? 
—Cuando sacó mis regalos del clóset donde ustedes los guardan cada año, Santa me dijo que me los iba a poner bajo el árbol en cuanto se fuera de la casa… 
El papá comprendió de golpe: corrió al clóset sin cajas envueltas, miró bajo el árbol vacío. Faltaba una hora para la cena y todas las tiendas estarían cerradas. Salió a la calle desierta, rodeada de casas que nunca tendrían chimenea.

26.11.14

Chupacabras



(Ésta es la transcripción íntegra del texto que leí el 25 de noviembre de 2014 durante el 1er Encuentro de Jóvenes Escritores Latinoamericanos, que se celebró en la Capilla Alfonsina de la ciudad de México.)
Nací privilegiado en un país donde casi todo es un privilegio. En 1982, año de crisis económica, salí por primera vez del hospital y llegué a un departamento con luz eléctrica, a una cuna, a tres comidas diarias, a un futuro donde eventualmente hubo escuelas y una universidad. Alcancé mi primera adolescencia en 1994, mientras otra crisis económica destruía a lo poco que quedaba de la clase media de este país. Mi familia y yo perdimos muchísimo pero nos quedó una tele, donde me enteré de cosas como el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En ella también vi el advenimiento del chupacabras, ese bicho mitad lobo y mitad dinosaurio (o sea: un político cualquiera) que, según los noticieros, estaba causando pánico en todo el país. Mi familia entera aseguraba que el chupacabras era una mentira, que era el intento del gobierno para distraernos de los monstruos que realmente nos estaban acechando, que se llamaban Crisis Económica y Hartazgo Social. Decían que el chupacabras era una conspiración, puesto que en ningún lugar salvo en la tele podía verse a alguien llorando por sus cabras, pero lo que sí se veía por todos lados eran las caras de preocupación de la gente que perdió su trabajo después del robo en descampado que fueron los últimos sexenios del PRI del siglo pasado (o sea: todos los sexenios del PRI del siglo pasado). Por esos años, sin saberlo, me hice de otro privilegio: junto a la tele descubrí los pocos libros que teníamos en casa. Me fui volviendo primero lector y luego escritor. 
En 2006, año de crisis política, estaba entrando a la adultez y frecuentaba una pequeña ranchería otomí cerca de Ixmiquilpan, Hidalgo. Allí había un hombre cuyo trabajo era producir pulque, que luego vendía en la cabecera municipal a dos pesos por litro. Cuando los doce pesos que ganaba cada día dejaron de alcanzar para dar de comer a su familia de cinco, este hombre dedujo que sería más sencillo cambiar las costosas tortillas por la bebida empanzonadora que él mismo podía preparar, y empezó a alimentar así a sus hijos, todos ellos menores de diez años. Antes de que pasara un año, este hombre estaba en la cárcel, acusado de homicidio porque dos de sus niños habían muerto por malfunción del hígado. No tuvo defensa judicial ni de derechos humanos y terminó en una cárcel federal a los pocos días de ser arrestado. Por entonces yo empezaba a tomarme en serio esto de escribir, y pensé que podría contar su historia y la de su pueblo (al que desde siempre se le han negado los beneficios de la luz eléctrica y la educación y el agua potable), al menos para que su sufrimiento no se perdiera entre los cardones del desierto que él llamaba casa. Pero hasta hoy no he conseguido contar de forma digna la historia de ese hombre, sin mentir pero sin olvidar decir lo que no evidencia la anécdota llana. Desde el lado en el que yo estaba, desde el que estoy, me parecía que escribirla era una falta de respeto a su dolor. Crecí con privilegios en un país donde casi todo es un privilegio: la educación, los recursos, la justicia. Entrometerme a través de ellos en un dolor tan crudo me pareció aquella vez la desfachatez de un niño clasemediero que quiere jugar a solidarizarse. Un acto cínico, altanero, hipócrita; incluso abandoné toda escritura durante un tiempo. Luego la retomé pero, no sé qué tan conscientemente, me volqué a escribir ficción especulativa: a contar mundos que tuvieran al menos un orden que yo pudiera crear o acaso entender. Mundos privilegiados, si se quiere; mundos donde se pueda ejercer libremente el inalienable privilegio de la imaginación.
Hace ocho años, cuando quise imaginar el rostro aquel hombre vaporizándose al subir a una troca de la policía municipal de Ixmiquilpan, en realidad pensé en el de mi tío cuando, allá en el 94, les anunció a sus hijos que lo habían despedido, con los ojos volviéndosele tolvanera. Hace ocho años me pareció ventajoso emular ese símil, trazar la imagen del dolor ajeno con otra que provenía de los privilegios que yo, por ninguna razón más que la suerte, he tenido. Ayotzinapa está tan lejos o tan cerca de mí como Ixmiquilpan. Admito que, igual que aquella vez, no me siento capaz de vislumbrar lo que sentiría al ver en una foto el cadáver de mi hermano con el rostro arrancado, tirado en medio de una calle que parece desierto. Pero durante mis 32 años he presenciado, cerca o lejos, toda clase de omisiones, injusticias, menosprecios, vejaciones, corruptelas que, aun lejanas entre sí (o, como le han puesto por estos días a esta nueva conspiración: aun siendo “hechos aislados”), aun divergentes, estas últimas semanas han llenado el vaso del cual ya empezó a gotear la peor crisis humanitaria, social y hasta de sentido común que hemos tenido desde que puedo recordar. Esta crisis es el rostro de los normalistas desaparecidos, pero también el del hombre del pulque hace ocho años, el de mi tío hace veinte, el del EZLN, el de la jovencita muerta que arrojan a una fosa, el de los miles que temen a diario el secuestro o la extorsión, el de la gente que pide limosna en Polanco. Lo que pasa estos días en México es un huracán de rostros difuminados en el que en realidad vamos todos y en el que reclamar por lo sucedido en Iguala no me parece hipócrita, sino al contrario: hipócrita y cínico y altanero me parece todo aquel que hoy no se solidarice escribiendo o hablando o marchando. Porque hace veinte años vimos con el chupacabras que los que están en el poder son una conspiración, pero sobre todo porque los que hoy están en el poder creen que nosotros somos una conspiración. Porque quieren hacernos pensar que esos estudiantes y ese hombre que vendía pulque y mi tío son producto de nuestra imaginación. Porque piensan que al arrancarle el rostro a Julio César Mondragón el 26 de septiembre de 2014 nos arrancaron a nosotros los ojos. Porque piensan que los ojos y el rostro deben ser privilegio de muy pocos. 
Hoy venimos a hablar sobre redes de conocimiento y desconocimiento entre jóvenes escritores de América Latina. Al menos desde hoy, desde aquí y desde mí, lo que creo que tenemos en común y lo que nos queda por comunicar entre nosotros es esto: escribir, en el fondo, no cambia las cosas, pero sí nos permite ejercer el inalienable derecho de imaginar. Y en campos donde germinan fosas y desaparecidos, imaginar otras posibilidades es la única cosecha posible. El único remedio para la muerte es crear. Tenemos los privilegios de saber escribir, de tener el tiempo para escribir, de tener el rostro pegado al cráneo para escribir, así que nos queda esto: usar la voz para decir que no somos el chupacabras, que nosotros sí somos reales y estamos vivos. Sobre todo en un país donde la vida, como casi todo, parece ser un privilegio de pocos.

18.9.14

La botella



Hace quince años, Agustín, Jandro, Ro, SCH, Paco, Gabriel y yo viajamos a Tuxpan, Michoacán y enterramos una cápsula del tiempo: una botella, donde metimos cosas que entonces nos parecían de algún modo importantes, que cerramos lo mejor que pudimos y que luego pusimos en un hoyo que después tapamos, asegurándonos de hacer un mapa que nos dijera con exactitud su ubicación. Nos dejamos pistas; abajo de la tierra, rodeamos a la botella de piedras que garantizaran que un terremoto o un tractor no romperían nuestro tesoro. Era 11 de julio de 1999; nos prometimos volver, los siete, quince años después, o casi: el 7 de julio de 2014.

El 13 de septiembre de 2014, nos encontramos casi todos en Tuxpan, Michoacán, para desenterrar la botella.

Formalmente empezamos a planear la recuperación desde junio: nos juntamos en casa de SCH un día que su mujer y sus hijas estaban fuera del país; Paco se conectó desde su casa en Estocolmo; nunca logramos que Gabriel contestara nuestros mensajes. Pero creo que para todos la planeación inició muchísimo antes, en el instante en el que, apenas tapando el hoyo donde había quedado esa botella cuya supervivencia no podíamos asegurar, tomamos una foto para documentar el sitio y el momento. Allá, quince años antes, nos delatan las grandes narices adolescentes y el gesto de autosuficiencia que disfraza alguna incertidumbre, las sonrisas de niños que se disponen a hacer una travesura; allá nos obligamos a no olvidar ciertos detalles, referencias que la naturaleza y su tiempo no pudieran arrebatarnos: la concordancia con algún árbol, la dureza del suelo. Y se detonó (no sé qué tan conscientemente) un proceso de escrutinios personales que en realidad fueron, durante década y media, la planeación misma. La noche en casa de SCH, tomando mezcal (bebida que hace quince años nos era por completo desconocida), tratamos de recordar qué habíamos metido en esa botella; no recordamos mucho, pero intuimos que habíamos escrito cómo imaginábamos que íbamos a ser en 2014. Y al menos yo pasé los últimos meses antes de volver a Tuxpan pensando qué clase de frustraciones o satisfacciones me traería sacar de esa botella un papel que dijera que mi futuro imaginado era distinto del que finalmente es. Pensé en todas las rupturas y los dolores de ese tiempo, en las alegrías insospechadas y en los cambios abruptos que hubo que navegar con el mayor decoro posible: en el camino sinuoso y desconocido que se desdobló durante quince años sobre esa espera. Varias veces en esas semanas traté de recuperar alguna memoria, algo que verifique que he logrado ser la mitad de lo que imaginaba entonces, pero no pude. Supe sólo una cosa: que ese post adolescente (con gafas, pelo y muchísima fe al número siete, por lo que podía verse) confiaba en que yo sería capaz de recordar el contenido de una botella proverbialmente arrojada al mar del tiempo, y que yo no fui capaz de eso siquiera.

Al igual que el resto, no sabía la ubicación exacta del agujero (el mapa lo perdió quienquiera que lo haya conservado, no sabemos quién fue); recordábamos vagamente algunos detalles, pero no teníamos mucho más, sólo la foto donde estábamos parados sobre la botella recién enterrada. Aun así ultimamos detalles del viaje, cuya logística sería mucho más complicada que quince años atrás. Además de nosotros siete (que a pesar de los años todavía podemos sobrevivir a base de frituras, cervezas y papel de baño de doble hoja), vendrían nuestra parejas. Bueno: no sabíamos si podría venir Vania, la esposa de Rodrigo, debido a sus ocho meses de embarazo, y tampoco estábamos seguros de que Maria, la novia de Paco, podría acompañarlo desde Suecia. Además debíamos asegurarnos de tener espacio y facilidades para las dos hijas de SCH, planear tres comidas al día y no un constante botaneo. Considerar que, fuera el que fuera el contenido de esa botella, nadie más que nosotros estaría preparado para verlo (corrijo: nosotros mucho menos que nadie): ¿qué nombres ahora caducos estarían allí junto a promesas de amores que confundían lo ardiente con lo eterno?; ¿cuántos rockstars y astronautas y presidentes emergerían como trazos fantasmagóricos de una ingenuidad ahora penosa?; ¿cuántas frases melosas o podridas o grandes o pequeñas, cuántas veces deslavada la palabra “sueño”? ¿Con qué claridad un papel perfectamente guardado bajo tierra durante quince años podría decirnos lo que fuimos e irremediablemente dejamos de ser, lo que íbamos a ser y no pudimos?

Después de un último cambio de planes (yo tenía que cerrar la edición de la revista donde trabajo, y la experiencia nos había hecho aprender que tomar carretera en viernes de quincena previo a puente no es muy buena idea) por fin llegamos a Tuxpan la mañana del 13 de septiembre en tres autos muy distintos al camión que nos llevó al mismo sitio antes. Agustín nos hospedó en la casa que construyó en los últimos años. Parados en el jardín donde sabíamos que estaba ese pedazo de pasado, tratamos de calcular su ubicación, sin podernos poner de acuerdo. “El hoyo estaba alineado con ese árbol”, “No, con ese otro”, “¿Alguien recuerda a qué profundidad estaba? ¿Eran qué, como 80 centímetros?”, “No, como 50…” Tres meses antes, encontrar nuestra botella parecía tan sencillo como hacer un hoyo, pero de pronto las especificaciones lo complicaron todo. Por fin alguien alzó el pico y sumimos las palas, inseguros de estar haciéndolo en el sitio correcto. Cavamos así un par de horas, hicimos un hoyo más por la polémica, le apostamos a la amplitud antes que a la profundidad, sudamos como los fumadores y ex fumadores que ahora somos. Dos montones de tierra fueron ensuciando el terreno bajo el cual estaba algo que nos había hecho volver. Sentadas cerca de nosotros estaban nuestras parejas; las hijas de SCH corrían, y la mayor preguntaba cada tanto si ya habíamos encontrado el tesoro que estábamos buscando. Supongo que a los tres años, la única explicación para seis barbones levantando tierra es que hace muchos años no eran jadeantes simios, sino piratas en toda la forma.

No encontramos la botella. Comimos antes de dar una última oportunidad a la búsqueda, seguros de que no hallaríamos nada y que el viaje para sacar nuestra cápsula del tiempo sería una buena historia, pero nada más. Nada de revelaciones. Volvimos a los hoyos porque ya estábamos allá y porque nada peor que un pirata dándose por vencido. Si el primer intento había tenido el ímpetu de la nostalgia, la posibilidad del hallazgo quemando las palas, el segundo fue mecánico como el repaso de las capitales del mundo después de un examen de geografía mal resuelto. O sea: cavamos para no llamarnos cobardes, algunos con resignación, otros dedicados, pero todos resueltos a no permitir que la ausencia se volviera un fracaso. Es decir: ¿qué buscábamos encontrar realmente? Un poco el sueño desproporcionado de una época más despreocupada —en la que pensábamos que todo lo que estaba por venir era tan sencillo o tan simbólico como meter una botella a la tierra—, otro poco la validación de nuestras capacidades de predicción. Pero para ese punto, el principal objetivo de la botella estaba cumplido: nos habíamos dado el tiempo para preguntarnos, quince años después, qué sentido ha tenido todo esto que llamamos vida o adultez o, sí, sentido. Ya nos habíamos contado, a la hora de la comida, con los mezcales de meses atrás, en el auto, qué había pasado con nosotros y cómo estábamos. Ya habíamos hecho el ejercicio de vernos más barbones o más gordos y valorar todo aquello como un camino trazado, fuera como fuera. Y eso ya era un éxito. Claro, tener la botella y sus papeles intactos que permitieran dimensionar todo aquello, que permitieran cerrar esa suerte de Stand By Me que nos habíamos propuesto quince años antes, hubiera sido el gran final para una película que pocos filman. Pero el terreno es tan grande y las palas tan pocas, que en realidad…

Pero Agustín la encontró. Siguió una columna de piedras de formación antinatural, recordando que lo habíamos puesto nosotros o asumiendo que es el tipo de cosas que hubiéramos hecho en esa adolescencia nerd y hollywoodizada que tuvimos. Cuando sacó la botella, opacada por los años de tierra constante, nos abrazamos como si los quince años no hubieran pasado nunca y todavía fuéramos jovencitos cuya mayor preocupación no es la renta ni la hipoteca sino una botella rellena de futuros, esa sensación medio idiota, medio heroica y absolutamente electrizante de que el mundo tiene un sentido del que uno puede ser parte fundamental. “¿Ya encontraron el tesoro, papá?”, preguntó la hija mayor de SCH. De algún modo, lo hicimos. Rodeamos el hoyo y nos hicimos otra foto donde nos sonreímos como niños que se salieron con la suya.

Nos reunimos para realizar la misa de apertura. ¿Qué clase de evangelio encontraríamos? Nadie estaba seguro. Abrimos la botella en una suerte de funeral vikingo-industrial (después de aplicarle soplete la mojamos con agua fría, como dioses de la termodinámica) y liberamos su contenido: una serie de hojas mojadas por quince años de humedad terrena que se había colado por una tapa sellada incorrectamente. Nuestras predicciones, nuestras ilusiones adolescentes, las sentencias que parecieron inamovibles e intocables durante todo ese tiempo, se habían vuelto pulpa color lodo. Usando pinzas logramos desdoblar algunos pedazos, pero la mayoría de los papeles se disolvieron entre nuestros dedos. Rescatamos una vieja carta de amores, la envoltura de unos cigarros de marca Gol 70 (“¡Un penalty para tu pulmón!”, escribimos sobre ella en aquel entonces, porque varios querían —queríamos— ser publicistas), los restos de dos dulces, pedazos de las cartas correspondientes a las reinas de los cuatro palos de la baraja, un cacho de madera con un mensaje que costó trabajo leer. Tras analizar los restos recordamos que había una carta más larga que las demás, donde nos proyectábamos en el futuro entonces insospechado. Tras mucho esfuerzo logramos descubrir casi la mitad. Nuestros futuros estaban allí, pero apenas pudimos descifrar algunas palabras, no muchas. De lo que pudimos leer, algo se cumplió, otras cosas no; mucho, la mayoría, se hizo una masa amorfa y marrón mientras tratábamos de descifrarla. La única carta que pudimos leer completa fue una que comenzaba así: “Hola, viejitos”, en la que nos comandábamos a leer el contenido de la botella todos juntos, echando tragos, riendo. Leímos eso y nos vimos las caras, escuchamos a nuestras mujeres hablar con sus voces, ahora tan serenamente familiares y que antes, mucho antes, nos hubiesen sido desconocidas. Minutos más adelante, dejamos de abrir papeles y brindamos, con la botella rota abandonada en la mesa.

Poco después envolví en una bolsa los vidrios rotos y el contenido que no pudimos rescatar y lo tiré a la basura. Vi todo aquello por última vez, pensando que hay una lección en toda esta historia, algo poético, algo hollywoodesco, pero no supe (no sé) muy bien qué es.

30.10.13

Reconciliación


Hace más o menos siete meses empecé a no poder escribir. Por esos días acababa de presentar mi libro y la adrenalina primaria iba en caída; después de medio año, el idilio con mi nuevo trabajo había terminado y, a fuerza de viajar en tránsito apretado por más de tres horas al día, empezaba a odiarlo sólidamente; la ilusión o la necesidad de algún día independizarme del oficinato voraz me hizo meterme en un montón de proyectos que terminaron por saturar todas mis noches. Los diez o quince minutos que me quedaban cada jornada los invertía en todo menos escribir: sencillamente no tenía tiempo ni siquiera para imaginar algo que no fuera una cerrada congestión vial o una entrega tardía. Quien escriba (o pinte o haga fotos o cocine o tenga tremenda pasión por el yoga) sabe que no hacerlo se vuelve depresión. En un primer momento esa tristeza la curé escribiendo poco pero sólidamente; con el tiempo me encontré que el tedio diario se había traducido en tedio creativo, y me sorprendí escribiendo exactamente las mismas cosas en cada intento. Asesorado por mi terapeuta —otra novedad de esos meses: el psicoanálisis que me negué muchísimos años y que de pronto se volvió tan evidentemente necesario— me di una tregua. Y paré. Parecerá exagerado, pero los primeros días fueron horribles, puesto que no sabía qué hacer con mis noches. Erradiqué toda disciplina (militar) de escritura por unos meses, drenando únicamente a través de una columna quincenal en Letroactivos, que era (es) una suerte de oasis en una época que me parece hoy un desierto. Eso también parecerá exagerado, y tampoco lo es: hay algo en el hecho de transitar todos los días sólo en hora pico y por sitios atestados que hace que uno pierda el sentido de las cosas. Es decir: no culpo a mis colegas oficinistas que van todos los días de Texcoco a Santa Fe y terminan pensando que la vida de verdad se trata de comprar un Audi; la meditación obligada de cada día suele derivar en tal sinsentido. En mi caso la consecuencia fue otra: paso nueve horas diarias editando una revista de moda y estilo de vida, donde la palabra “estilo” se repite como si no existiera otra en el vasto y colorido territorio del español (o quizá sí: “elegancia”; “tendencia”; “temporada”; “moda”; la legión de los extranjerismos: “cool”, “look”, “glamour”); alguna vez en una sola página de word leí 37 veces la palabra “estilo”. Debe haber sido una interpretación previamente depresiva; ahora sé que en realidad estaba cayendo en cuenta de que el lenguaje y la palabra, esas dos cosas que a mí siempre me han parecido omnipotentes y devastadoras y mágicas y divinas y diabólicas, para el mundo civilizado (y ávido de Audis) no eran más que la tabla sobre la que se ordenan, apenas acomodados, un montón de productos que nadie necesita en realidad.

Alguna afortunada búsqueda distraída por internet me devolvió un día una historia de Nabokov que nunca había leído. Por qué elegí este método y no otro no lo sé; pude haber ido a talleres, hecho un viaje, visto a amigos; pero de algún modo la lectura de ese cuento me hizo creer que el tratamiento para curar el desvanecimiento de las letras debía ser tan íntima como el padecimiento. Me propuse leer un cuento cada día, durante 66 días. El número es arbitrario (aunque nada lo sea) y la selección también: mi único objetivo de inicio era leer relatos que para mí (y sólo para mí) fueran nuevos. No esperaba de inicio una reconciliación, sino una inspiración; el entretenimiento egoísta de descubrir las reglas de cada juego, deshilar los recursos, incluso desafiarlos e imaginar desenlaces distintos, tratamientos quizá más adecuados (porque todo escritor es soberbio). No llegué ni al tercer cuento antes de darme cuenta de que mi mapeo no podría ser tal. Preferí desvanecerme en la lectura (en muchos casos, la mayoría, esto no era opcional, sino apenas una consecuencia lógica de la escritura estas piezas). Fue en ese trance que descubrí lo que me aquejaba primero; recordé (releí) que sí existen palabras que buscan algo dentro de lo que somos. Que, de algún modo que incluso ni siquiera estos autores ponderaron (y que seguramente es atribuible al momento por el que yo pasaba), cada cuento es casi una ars poetica, cada cuento esconde una tesis exhaustiva sobre las razones por las que vale la pena escribir, los motivos y las fuerzas que hacen de la escritura una fuerza diabólica y divina. Cada cuento se explica a sí mismo el sentido de su propia hechura y de toda la literatura. Lo que quiero decir, sin más cursilerías, es que leer estos 66 cuentos (lo cual, por supuesto, me tomó mucho más de 66 días) me salvó no sólo como escritor (hace un par de días volví a un cuento que había abandonado), sino como lector. La selección es absolutamente arbitraria, disímil, con apenas algún ritmo; puede leerse, seguramente, como podría ver una constelación el marino perdido. Los dejo aquí por si a alguien más pudieran sacarlo del tráfico.

1. "Symbols and Signs", de Vladimir Nabokov
2. "The Snows of Kilimanjaro", de Ernest Hemingway
3. "A Rose for Emily", de William Faulkner
4. "El collar", de Guy de Maupassant
5. "El capote", de Nikolai Gogol
6. "The Veldt", de Ray Bradbury
7. "La montaña", de Virgilio Piñera
8. "Child's Play", de Alice Munro
9. "Where I'm Calling From", de Raymond Carver
10. "Good Country People", de Flannery O'Connor
11. "La euforia de los troyanos", de Quim Monzó (pág. 27 en el link)
12. "La colonia penitenciaria", de Franz Kafka
13. "Pájaros en la boca", de Samanta Schweblin
14. "La coartada perfecta", de Patricia Highsmith
15. "Los conejos blancos", de Leonora Carrington
16. "Orientation", de Daniel Orozco
17. "The Pomegranate", de Yasunari Kawabata
18. "Instrucciones para citas con trigueñas, negras, blancas o mulatas", de Junot Díaz
19. "Olaff oye tocar a Rachmaninoff", de Cary Kerner
20. "El gran cambiazo", de Roald Dahl
21. "To be Read at Dusk", de Charles Dickens
22. "Kafka Cooks Dinner", de Lydia Davis (pág. 509 en el link)
23. "Una gallina", de Clarice Lispector
24. "Sobresaltos", de Samuel Beckett
25. "Las vocales malditas", de Óscar de la Borbolla
26. "El ramo azul", de Octavio Paz
27. "¿Una mariposa?", de Leopoldo Lugones.
28. "Fiesta en el jardín", de Pablo Orgambide
29. "Nabónides", de Juan José Arreola
30. "Wakefield", de Nathaniel Hawthorne
31. "The Idiots", de Joseph Condrad
32. "Extraordinaria historia de dos tuertos", de Roberto Arlt
33. "Crooner", de Kazuo Ishiguro
34. "La tempestad de nieve", de Alexander Pushkin
35. "A Fair Penitent", de Wilkie Collins
36. "El hombre de la arena", de E.T.A. Hoffmann
37. "La perla", de Yukio Mishima
38. "Death of a Poet", de Hunter S. Thompson (pág. 10 en el link)
39. "The Goblin at the Grocer's", de Hans Christian Andersen
40. "Word Processor of the Gods", de Stephen King
41. "La dama del Tivoli", de Knut Hamsun
42. "The Finest Story in the World", de Rudyard Kipling
43. "Dejar a Matilde", de Alberto Moravia
44. "La balanza de los Balek", de Heinrich Böll
45. "En memoria de Paulina", de Adolfo Bioy Casares
46. "Jardín de infancia", de Naguib Mahfuz
47. "The Poet", de Hermann Hesse
48. "Las correcciones", de Fabio Morábito
49. "Where Their Fire is Not Quenched", de May Sinclaire
50. "Politics", de Charles Bukowski (página 13 en el link)
51. "The Turnip", de los hermanos Grimm
52. "The Gossage-Vardebedian Papers", de Woody Allen
53. "El prisionero del Cáucaso", de León Tolstoi
54. "The Fly", de Katherine Mansfield
55. "Perfecto Luna", de Elena Garro
56. "La muerte violeta", de Gustav Meyrink
57. "El pueblo de los gatos", de Haruki Murakami
58. "Heat", de Joyce Carol Oates
59. "El cocodrilo", de Felisberto Hernández
60. "Through the Tunnel", de Doris Lessing
61. "Para un final presto", de José Lezama Lima
62. "A Perfect Day for Bananafish", de JD Salinger
63. "A Temporary Matter", de Jhumpa Lahiri
64. "Un baile de máscaras", de Alejandro Dumas, padre
65. "The Rocking-Horse Winner", de D.H. Lawrence
66. "El evangelio según San Marcos", de Jorge Luis Borges

29.7.12

La conquista de los asombros



Este es el texto íntegro que leí en el Primer Encuentro Nacional de Escritores de Reynosa, Tamaulipas, el 26 de julio de 2012. 
No existe amor a la lectura que no le deba nada a la envidia. Al menos hablo por mí: no hay que ser ningún genio para comprender que lo que leemos antes ha sido escrito por alguien. Cada vez que me recuerdo de seis años leyendo por vez primera las aventuras de Huckleberry Finn, mi experiencia de lectura rejuvenece y vuelvo a notar eso que nos hace entender que la lectura es una suerte de magia: lo que leemos ya fue escrito, y aún así es tan actual como el suspiro que provoca la captura de un asesino o la muerte de un héroe o el desarrollo de un amor imposible. No existe amor a la lectura que no le deba nada a la envidia: sólo nos atrapan los libros cuyas historias y cuyos efectos no fuimos capaces de imaginar por nosotros mismos.
Hoy nos parece una obviedad, pero si tratamos de olvidar dos o tres cosas, podemos darnos cuenta de lo que eso implica: un Dickens, sin post its ni internet, tratando de trazar personajes, interacciones, tensiones que dejaran al lector del folletín listo para morderse las uñas a la espera de la siguiente entrega, al lector del futuro también intrigado; un Verne barbón, intentando explicarse a sí mismo cómo sería hacer esos viajes que nunca había podido hacer, esos tiempos que a todos los demás les sonaban a locura; un Dumas y un Dostoievski que, sin saberlo, estaban inventando algo. Me gusta pensar (porque a uno le gusta abonar la envidia) que todos ellos sabían que lo que estaban haciendo cambiaría la novela para siempre, y que llegaría hasta el futuro.
Lo más probable es que yo esté muy equivocado. Ni siquiera creo que los primigenios Cervantes y Defoe se hayan parado de la cama un día pensando: “¡Caray, esto sí que va a revolucionar el mercado literario del mundo!”. No puedo asegurarlo (no soy historiador), pero sí puedo imaginar que, cuando más, los novelistas de los siglos XVI y XVII eran parte de una racha de época. Habían pasado menos de doscientos años desde el descubrimiento de América, el cisma de la iglesia, la invención occidental de la imprenta: el mundo, como una copa o un iPod contra el suelo, se había roto y desperdigado. Había pedazos que barrer, canciones que recuperar, había que encontrar explicaciones para los dueños de la copa o para los encargados de hacer buena la garantía.
Me permito imaginar que el proceso creativo de esos primeros novelistas fue análogo al de asimilación de un mundo nuevo, cuestión suficientemente vertiginosa para además abonarle el futuro. Vivían un doble proceso que en América entendemos bien, aun ahora: los conquistadores llegaron con la idea de civilizar un mundo salvaje, a imponer sus catedrales y sus vestidos; pero también llegaron con la esperanza de hallar sorpresas no menos salvajes. De tal suerte que mientras Hernán Cortés establecía la Nueva España, Ponce de León buscaba entre selvas espesas la fuente de la eterna juventud, el primitivo sueño de la inmortalidad; en Perú les aterraban los dioses vengadores, pero les maravillaba que esos dioses pudieran esconder entre sus terrores la mítica e imposible ciudad de El Dorado. Quizá no es casual que ese doble mecanismo de la conquista se haya traducido en el doble papel de las primeras novelas: recuperar de algún modo las épicas de los antiguos mientras se creaba otra cosa que para los enterados era sólo un divertimento de folletín y que apenas hoy entendemos como un Género, con mayúscula. Si se me permite el pensamiento libertino, quizá también la novela por entrega respondía a un modo de colonizar, con mecanismo doble, las imaginaciones: escondidas en la verdad que empezaba a adoptar como lenguaje al periodismo, las ficciones decimonónicas se vistieron de noticia para lograr asombro: hubo gente que en pleno siglo XIX creyó que las cartas de Harker y Mina eran escritas por gente de sangre y hueso, y no por un Bram Stoker que no sabía lo fácil que en el siglo XXI sería ser un cincuentón pedófilo haciéndose pasar por porrista en un chat. Nos sigue pareciendo imposible que en 1938 Orson Welles haya hecho una adaptación radiofónica de la Guerra de los Mundos capaz de provocar pánico entre los neoyorkinos que de verdad creían que una nave extraterrestre estaba a punto de aterrizar sobre Manhattan. Todo esto nos parece increíble porque quizá hemos olvidado que esa magia de la literatura es una tensión civilizatoria constante: utilizar nuestros nuevos descubrimientos tecnológicos o ideológicos o sociales para detonar nuestro lado más salvaje, más primitivo, sea éste el miedo, la sorpresa o la envidia.
Sirva todo lo que acabo de decir a modo de introducción desaforada: hoy nos han convocado aquí para hablar sobre literatura e internet, y me pareció de algún modo correcto comenzar con una serie de imágenes que nos recordaran que, a pesar de que hoy la triple-doble-u nos parece una revolución sin precedentes (imaginada por primera vez por Julio Verne, por cierto), nos enfrentamos a un territorio nuevo que, como tal, confronta nuestro salvaje deseo de asombro con nuestra avidez civilizatoria. Esto es muy obvio si comparamos a los primeros conquistadores de América con los primeros editores, que se enfrentaron (muchas veces usando la espada del desprecio o de la duda) con esa selva espesa llena de blogs y tuiteratos: por un lado, tratando de evangelizar con sus leyes de mercado las dinámicas abiertas de la red; por otro, buscando entre los salvajes a escritores capaces de exorcizar a la literatura de sus vicios e inercias. De las editoriales e internet no hablaré mucho porque creo que todo se resume al vértigo de descubrir una tierra vasta y fértil donde sólo parecía haber un abismo lleno de monstruos.
Mucho más interesante me parece hablar del escritor en medio de este proceso de conquista. Comencemos considerando la parte civilizatoria, el apego que entre los escritores de internet aún existe por el mundo editorial fuera de internet. Para ello, un caso hipotético: un escritor jovencísimo empieza leyendo Huckleberry Finn a los seis años y a los veinte se ha convencido de que lo que quiere hacer con su vida es dedicarla al nada recomendable oficio de la escritura. Crece leyendo a enormes escritores, comercializados por enormes editoriales. Escribe uno, dos o veinte cuentos; quizá una primera novela muy deficiente, pero honesta. No se atreve a llevarla a una de esas editoriales que producen libros de verdad; se siente pequeño. Hipnotizado por el furor hiperconectado de esta época y por un ego todavía adolescente, monta su obra en un blog. Nuestro escritor de internet ha comenzado su blog con la ilusión de que, algún día, un gran almirante editorial descubrirá su obra y la convertirá en un libro impreso, en un libro de verdad. De verdad: esas dos palabras aún pertenecen casi exclusivamente al libro impreso o electrónico pero distribuido por editoriales. Internet todavía se considera un medio en construcción o para la construcción. Dudo que exista un escritor que suba tuits o posts geniales que no fantasee con ver su libro de papel en la mesa de novedades. Aquí no tenemos todavía un Banksy que rechace a las galerías; no tenemos aún un Pinocho que se quede feliz sin ser un niño de verdad.
Me parece que esta primera consideración es fundamental: el libro no ha dejado de ser la lámpara maravillosa que despierta al genio literario auténtico. Por supuesto eso es una mentira, pero es, ante todo, una mentira bien asumida, al menos en esta generación, y bien generalizada, al menos en este tiempo. Tampoco es para espantarse: la misma desconfianza despierta internet en todos los ámbitos. En una revista el producto impreso siempre es más importante que la página web, aunque ésta doble o triplique en lecturas al primero. En literatura esta apreciación es quizá más grave porque no hay un sistema de medición que demuestre la calidad de un texto. Volvamos a Dickens, a Dumas: si ellos hubiesen escrito sus novelas por entregas en un blog de actualización semanal, ¿serían los mismos que ahora? O, para usar un lugar común: un árbol que cae en medio de un bosque lleno de árboles cayendo, ¿hace ruido?
Hablando de sobrepoblación de árboles: la gran promesa de la era de las redes sociales es que todos podemos ser estrellas. ¿Sabes un poco de cocina? ¡Vuélvete el gurú de la gastronomía en twitter! ¿Sabes hablar el lenguaje de los chavos? ¡Ya eres un mercadólogo! ¿Tienes instagram? ¡Gran fotógrafo! ¿Sabes usar un teclado, eres más o menos chistoso y tienes una tremenda necesidad de que alguien te ponga atención? ¡No busques más: tú eres un escritor de internet! No les quiero arruinar la tarde, pero sepan que vivimos en un tiempo en el que el 85% de las personas cree que no hay mayor honor que salir en la tele. Para quien lee, buscar la fama en las letras resulta aterrador y un poco ridículo; para quien lee poco o nada, las letras parecen una veta sin explorar. Así que a la facilidad de abrir un blog agregue dos kilos de anhelos sociales desaforados, 200 miligramos de Cortázar, una pizca de amigos bien intencionados, pulse enter y voilá: tenemos una generación que cree que el aforismo de 140 caracteres es literatura. La generación de las demasiadas letras, que tiende a creer que la popularidad es mejor que el criterio.
Me parece que en esta parte no debo recordarles que Yordi Rosado es el escritor mexicano más leído de los últimos cuarenta años, ¿cierto?
Sirva este penosísimo dato para pasar de la parte civilizatoria que hay en los escritores de internet a una parte intermedia: el sincretismo. Hasta ahora, la mayor discusión alrededor de escribir en internet tiene que ver con la forma. ¿Es posible escribir una novela por entregas de 140 caracteres? ¿Es posible reducir un cuento a un tuit? Hasta ahora, hemos tomado lo que conocemos y lo hemos adaptado. Me atrevería a decir que el estado de la escritura en internet es comparable, en la mayoría de los casos, con la labor del traductor más que con la del creador. Hemos trabajado la versión ultra funcional o ultra rápida de los géneros que ya conocíamos: la poesía se vuelve poetuit, que en el mejor de los casos es un ejercicio valioso para los poetas que después publicarán un libro; pero también, a veces, el poetuit es sólo una herramienta para que las sextuiteras adquieran sustancia más allá de sus escotes. El cuento se ha vuelto microficción, lo cual puede ser un reto de la narrativa contra el espacio, de una historia contra el caos del orden, pero también, a veces, sólo una emulación vacía de Monterroso. Muchos de los escritores que dan el “salto al libro” publican obras cuya casi única virtud es tener una arroba en la portada, hacerse pasar por un juego “bien progre” y “bien actual” y después pasar rápido al olvido. Claro que hay exponentes valiosos. Pero también hay muchos que se han dejado llevar por la dinámica del mercado, que es simple: en el mar de internet, lo que escandaliza genera la ilusión de perdurar, acaso en una línea de retuits, acaso en un hipervínculo. De tal suerte que el escándalo no sólo es un parámetro estético, sino el parámetro estético. Lo bueno de esto es que por primera vez en mucho tiempo el escritor piensa más en el lector final que en el editor que le dará el visto bueno; lo malo de esto lo dije antes: la popularidad no sustituye al criterio.
Para entender lo que podríamos obtener de las letras en internet si nos quitáramos de encima la parte civilizatoria de esta conquista y comenzáramos a buscar fuentes de la eterna juventud, debemos volver al ejercicio siempre horrendo de descontextualizar autores: si hoy naciera otro Bram Stoker, ¿le sería posible hacer que los visitantes de su blog creyeran la auténtica existencia de un vampiro? ¿Es posible la existencia de un Welles haciendo livestream del aterrizaje de una nave extraterrestre? La literatura es el origen de la ficción, pero en este nuevo mundo la ficción novedosa se ha trazado de otro modo. Pongamos algunos ejemplos. 2006: se publica el sitio thisman.org, en el que sólo se ve el dibujo de un rostro que, según el sitio, aparece de manera recurrente en los sueños de mucha gente en todo el planeta. Se aventuran teorías psicológicas: que el rostro es el punto medio de muchos fenotipos; que es el rostro más común del mundo; que es la imagen residual de los amigos imaginarios de la infancia. Algunos, metafísicos, aventuran la posibilidad de que se trate de un hombre capaz de viajar entre sueños, en una dimensión donde los hombres viven otra vida cuando duermen. Otro ejemplo: en el año 2000 aparece en un foro de discusión por internet un tal John Titor, que dice venir del futuro para prevenir una guerra civil en Estados Unidos. Describe un futuro horrendo, una máquina del tiempo precisa. Desaparece de los foros en 2001, dejando detrás de él miles de adeptos que aún creen en sus predicciones (las cuales, por cierto, no han ocurrido). Un ejemplo más: en 1997 aparece un clasificado en un periódico web que dice lo siguiente: “Se solicita acompañante para viajar en el tiempo conmigo. Esto no es una broma. Se te pagará cuando volvamos, y debes traer tus propias armas. No garantizo ninguna seguridad: sólo he hecho esto una vez”. Los tres ejemplos han pasado por ciertos; los tres parecen cuentos; los tres han sido desmentidos: el hombre de los sueños resultó ser una campaña publicitaria para una película que nunca sucedió; John Titor, un alemán que había leído el manuscrito de una novela de ciencia ficción que nunca se publicó; el clasificado, un texto que un editor encargó a un amigo suyo para rellenar un espacio del periódico. Estas historias pasaron por ciertas porque sabemos que la naturaleza de los sueños no ha sido revelada y porque sabemos que el viaje en el tiempo es imposible sólo hasta que se demuestre lo contrario. La ficción, en todos los casos, fue lo que el escritor de internet, en teoría, busca: fue fragmentaria, hipertextual, anclada a espacios de indeterminación que las dotaba de posibilidad. Posibilidad. Hasta ahora, creo, los que estamos amarrados a las letras sólo hemos explorado a profundidad la posibilidad de las formas, hemos explorado los recovecos oscuros de las construcciones y los formatos, lo cual está muy bien, pero no nos hemos atrevido a explorar las posibilidades del fondo. ¿Podríamos ser la generación que escriba el verdadero “Tlön, Uqbar y Orbis tertius”? El asombro, la sorpresa, la envidia, el miedo y todas las sensaciones salvajes, en las décadas pasadas se repartieron a lo largo y ancho de las artes audiovisuales; la llegada del multimedia en internet ha revolucionado el arte de decir mentiras para contar verdades. En ese contexto, me parece que las letras tienen frente a ellas un campo fértil que va mucho más allá de los formatos traducidos y de la edición democratizada. Sería interesante ver cómo sólo desde las letras se enfrenta el nuevo reto del asombro interactivo; cómo desde el tiempo real y la inmediatez que ofrece internet se logra generar asombros igual de inmediatos y reales en cualquier tiempo. Sería interesante ver que el asombro que se busca en internet desde las letras no es sólo el de la fama.
La creación de medios como el folletín y antes la imprenta derivaron en la creación de la novela y de la novela de aventuras, pero no de manera automática: la adecuación a los medios empujó a las letras a adaptarse a los tiempos de abismos revelados. No es arriesgado pensar que, quizá, las plataformas interactivas y las redes sociales empujarán a las creatividades a acercarse a entender de qué están hechos hoy los asombros, porque estos medios permiten como hace mucho no pasaba el contacto entre el escritor y el lector, esa tierra que se nos ha escapado y que hoy debemos reconquistar. Interesante será ver si hoy podemos con el reto de hacer de algo tan aparentemente aburrido como la grafía un medio para generar envidias. Si tenemos los ánimos para seguir buscando la fuente de la eterna juventud.

4.10.11

Godzilla y el insomnio

Éste es el texto íntegro que leí en la ponencia "Las nuevas vidas de la literatura: nuevos medios y redes sociales" (4 de octubre, 2011), que formó parte de la Semana de Letras de la Universidad Iberoamericana. 
Hace no muchos días (y comienzo con esta frase de modo exacto: dentro de poco, cualquier día parecerá mucho tiempo), hace no muchos días me enteré, tarde, del nuevo desastre que, dicen, se está gestando en Japón. Antes de detallar dicha hecatombe (porque a ojos de muchos es una hecatombe, quizá la mayor de todas), detengámonos un poco a pensar en Japón; en su mar picado de tsunamis; en sus islas habitadas de sismos; en los edificios de ciencia ficción que sirven de tramoya a hombrecitos iracundos de ojos rasgados. Pensemos en Godzilla, en Caballeros del Zodiaco y robots emitiendo misiles por extremidades imposibles. Bien: ahora pensemos que no hay película serie B nipona capaz de describir el caos que se avecina. Exagero; por supuesto que exagero, porque eso es lo que hace la gente que escribe. Pero quédense con la imagen de la destrucción, quédense con Hiroshima, y escuchen por fin de qué me enteré hace no muchos días.
En 2007 (ya les decía yo que me enteré tarde) el mercado editorial japonés celebró el que probablemente ha sido su mejor año en ventas desde que se inventó el hentai. La gente se agolpó en librerías de Tokio buscando la misma cosa, siempre la misma cosa. Por aquel año, en México probablemente estábamos esperando el quién-sabe-cuántos libro de Harry Potter o una reedición de cuentos de Cortázar; allá, del otro lado del mundo, los clientes de las librerías iban buscando siempre dos palabras muy específicas: keitai shousetsu. Esas dos palabras, que bien podrían ser la evolución de un pokemón en metanfetaminas, se han convertido en todo un movimiento y en un terror para nuestro mundo de letras: con esas dos palabras se designa a las novelas que se están escribiendo por entregas vía twitter. Capítulos de 140 caracteres, en los que cada entrega conserva la tensión y eleva la trama. Yo no sé nada de japonés, pero me gusta pensar que su alfabeto y la tradición del haikú en algo ayudarán a estos escritores que son capaces de embutir o detonar un universo (o sea: de escribir una novela) en capítulos de este tamaño. Y no nos equivoquemos: este fenómeno ya está mucho más allá del experimento. Maho i-Land, que es el sitio web más grande de keitai shousetsu, tiene en su catálogo más de un millón de novelas tweet y más de 3.5 millones de ventas. En 2007, cinco de las 10 novelas más vendidas en Japón fueron una keitai shousetsu. En un mundo editorial que lucha contra libros electrónicos y sociedades apantalladas por pantallas, la novela tweet tiene de experimental lo que Godzilla tiene de divertido para los japonesitos que escapan corriendo para salvar sus vidas.
De todo esto me enteré en una columna que leí (en internet, claro está) en Salon.com: el columnista, con el científicoficticio nombre de Buzz Poole, se escandaliza como señora nipona, no sólo por el keitai shousetsu, sino por otros ejemplos que narra con absoluto dramatismo. Por ejemplo: al parecer, en la Universidad de Boston van ya varias generaciones de estudiantes de escritura creativa que escriben, saben escribir, pueden escribir… pero no quieren leer. La columna tiene por sesudísimo nombre “Writers who don’t read” o “Escritores que no leen”, y es una reflexión larga y más bien derrotista acerca de las nuevas generaciones, los nuevos medios y los nuevos soportes de la literatura. El texto se empeña en decir que la imaginación de crear no puede existir sin la imaginación de leer; que escribir es un acto solitario, jamás social; que si las nuevas generaciones siguen pseudo escribiendo y pseudo leyendo de este modo, el mundo se va a ir al traste, y luego Godzilla y el tsunami y el caos por todos ya sabido.
Leer el texto de Buzz Poole me recordó a la cara de mi madre cuando le dije que yo lo que quería hacer de mi vida era escribir. Esa tarde, hace no tantos años, mi madre me miró un poco triste, como sin entender, exactamente como si le estuviera leyendo una keitai shousetsu. Para ella, que siempre esperó que yo fuera ingeniero, la idea de volverme escritor parecía de otro mundo. Algunos años después se tranquilizó cuando mi tío le dijo que hay escritores bastante reconocidos y otros hasta abstemios. Pero luego llegó el escándalo mayúsculo: justo cuando se había hecho a la idea de verme posando en la foto de una solapa de un libro, me quedé calvo y comencé a trabajar escribiendo en una página web; mi trabajo literario empecé a subirlo a un blog. Todo esto sucedió casi al mismo tiempo, de tal manera que mi madre, pobrecita, tuvo la única tranquilidad de que mi calvicie no arruinaría ninguna edición impresa. Pero todo lo demás fue terror: “Pero cómo: ¿te pagan por estar en la computadora todo el día?”, preguntaba; “¿O sea que hay gente que de verdad te está leyendo?”, se angustiaba; “Ay, hijo: no puedo creer que eso que haces sea escribir de verdad. ¿Para eso fuiste a la universidad?”. Ahora que lo veo con algunos años de distancia, creo que mi madre, que por haber nacido en Durango tiene algo así como un don para la clarividencia, se anticipó a hacerse las mismas preguntas que todos los editores y muchos de los escritores viejos se están haciendo justo ahora; las mismas que el mundo aterrorizado se hace frente a los keitai shousetsu y a los escritores que no quieren leer: ¿esto de escribir novelas en un blog o cuentos de 140 caracteres es literatura de verdad? ¿Es válido citar como fuente o (peor) hallar inspiración en las redes sociales? ¿Qué van a hacer ahora las editoriales si los escritores están encargándose de buena parte de la creación, tallereo y difusión de su obra a través del indómito territorio de la triple-doble-u? ¿Qué vamos a hacer ahora que la literatura está rebelándose contra la frontera del papel?
En general debo decir que, además de mi madre, hay dos tipos de personas aterradas ante todo esto. La primera clase: los editores; o, mejor, las editoriales. Para nadie es secreto que la venta de libros hace tiempo que ya no es tan buen negocio. Pero tampoco es secreto para nadie que la editorial es una industria más bien paranoica: la profecía de su desaparición compite en estridentismo sólo con la profecía del fin del mundo, y ya hemos temido su muerte muchas veces: por culpa del cine; por culpa de la televisión; por culpa de los videojuegos, y, ahora le achacamos este apocalipsis anunciado a la llegada de las redes sociales. No es el tema de esta ponencia, pero creo que vale la pena aclarar que si dejáramos la discusión de la literatura en medios digitales en el nivel del mercadeo de libros, estaríamos perdiéndonos de un panorama más rico y más divertido. Quedémonos con que, si la industria editorial desaparece algún día, será por sus propios medios; será, en todo caso, porque ha sido incapaz de responder a la necesidad no de un mercado, sino de un lector.
La segunda clase de aterrados frente a la escritura en redes sociales son los escritores viejos. El adjetivo nada tiene que ver con la edad, sino con una manera de ver la literatura. Son escritores que aprendieron que para ser alguien en las letras uno debe estudiar literatura y luego, a través de maestros y escritores más viejos, internarse en esa mínima mafia que se llama Gremio de los Escritores. Los escritores viejos aprendieron sistemáticamente lo que está bien escribir; aprendieron de memoria la lista de géneros admisibles y la de géneros despreciables. Aprendieron que con un buen puesto en la Academia y un editor hábil que ponga el libro en librerías, uno puede volverse escritor de cierto reconocimiento. Incluso talentoso. A los escritores viejos la tecnología les parece un mundo de fantasía porque, hasta hace menos de diez años, el que escribía y el que estaba pegado en la computadora solían ser dos personas distintas. Les cuesta trabajo entender que la mística que rodea al escritor (y me refiero a la pluma fuente con tintero, a las noches a la luz de las velas, a los poetas malditos, el sufrimiento sistematizado y la incomprensión eterna y la soledad que suelen fungir de demiurgos de las musas), que todo eso que se supone debía ser un escritor ha dejado de ser una aspiración para convertirse en una mitología. A los escritores viejos, acostumbrados a un mundo con fronteras trazadas, les cuesta trabajo entender que hay un mundo en el que también se dan otro tipo de escritores.
Hablemos pues del mundo que ha dado esa otra clase de escritores (a los que a veces me siento tentado a llamar “escritores 2.0”, pero luego me arrepiento: eso implica limitar a toda una generación capaz de hacer cosas que nada tienen que ver con números). La formación de esta otra clase de escritores, paradójicamente, tiene poco qué ver con las redes sociales: se trata de una cuestión de demografía. Antes, un escritor tenía acceso sólo a cierto número de libros, casi siempre escritos en su propio país. La razón es simple y obtusa economía: antes era más difícil traer libros de lejos; llegaban pocos y estaban de algún modo destinados a pertenecer a una esfera enterada de la literatura. Había menos información y ésta era más lenta; incluso las bibliotecas más grandes del mundo tenían menos libros de los que hoy uno puede encontrar en una sola búsqueda de google. Además, el ejercicio de la literatura, que implica desde siempre y hasta siempre reinterpretar el mundo y salvarnos de él, pertenecía a la mera lectura; el cine seguía siendo un derivado malformado, la televisión no existía. La literatura se veía el ombligo todo el tiempo, y tenía, además, un carácter sintético, irónicamente, como el de la comida de los astronautas: en el mínimo territorio de una República de las Letras que tenía pocos habitantes ilustres, el reto era abarcarlo todo, a lo largo de un tiempo indefinido. Buscar una gran obra, un gran soylent green.
Hoy es distinto: vivimos en el tiempo de las decisiones. Uno lo decide todo, desde el momento exacto del nacimiento de un hijo, hasta el sabor exacto del jugo de la mañana, y hemos descubierto que las posibilidades de combinar la naranja con cualquier otro sabor son infinitas hasta la angustia. Macroeconomía: si un producto de cualquier lugar del mundo puede venderse en México, tengan por seguro que un embarque de una tonelada puede llegar al Aeropuerto Internacional Benito Juárez en menos de un día. Tenemos el acceso a todo, o la ilusión del acceso a todo, en las compras igual que en las letras: nuestra tradición literaria nada tiene qué ver ya con las fronteras, ni siquiera con el soporte: los escritores mexicanos hoy estamos tan influenciados por Rulfo como podemos estarlo por Vonnegut o Chaucer o Hitchcock o Shigeru Miyamoto o JJ Abrahams. Somos la generación de lo múltiple, pero también de lo efímero y de lo urgente: del periodismo minuto a minuto, con reportes desde Kuala Lumpur; de la publicidad que nos recuerda que uno debe empezar a ahorrar para el retiro antes de cumplir los 25 años. Somos la generación responsable de producir para el futuro y de entender al mismo tiempo el funcionamiento frágil del planeta. Estamos plagados de espacio y sedientos de tiempo. Suplicamos a los dioses de la escritura creativa y del asiento ergonómico y la basura separada y el ascenso laboral para que nos quiten la cruz de la prisa. Somos la generación del insomnio: sólo durante las noches, cuando hemos terminado de ver la temporada 3 de Mad Men en DVD y hemos terminado de contestar llamadas de auxilio de un cliente y hemos por fin terminado nuestra cena de microondas, sólo después de dejar que la vida pase, tenemos el tiempo de preguntarnos qué carajos sucede con nuestras vidas y si existe algo tal como la trascendencia.
Todo esto para decir una frase de mi abuelo: “En mis tiempos, la gente tenía tiempo para saludarse”.
Nada de lo que acabo de decir es nuevo; llevamos, calculo, al menos 50 años acelerando el mundo. Sin embargo, la llegada de nuevos medios y soportes hace que todo parezca de pronto más evidente. A los escritores viejos, a los editores y a los lectores de muchos años, les parece digno de zoológico que estas nuevas generaciones estemos escribiendo en redes sociales, y que estemos produciendo keitai shousetsu y que no queramos leer libros. Pero hasta cierto punto lo que está sucediendo era predecible, y es en realidad la expresión formal de una cuestión de fondo. Los que escribimos en internet no lo hacemos porque eso sea un statement, sino por razones absolutamente primarias. Hablaré de lo que me pasó a mí y que, creo, es el caso de varios: en 2008, con apenas 26 años, yo ya era un escritor frustrado. Tenía que trabajar todo el día para mantenerme y creía (ahora sé que no es cierto) que sin todo el tiempo dedicado a escribir, lograr algo de calidad sería imposible. Comenzaba a temer que nunca sería publicado; que llegaría a los míticos 30 años sin una sola página impresa en mi haber, aunque había escrito una novela en un blog (de cuyo url no quiero acordarme), había posteado probablemente cientos de cuentos y había tocado la puerta de todas las becas. Pero quería escribir y tampoco tenía nada qué perder: así que empecé un blog de microficciones que me permitía publicar por entregas, a mi tiempo. El concepto del blog, en un principio, era muy sencillo: cuentos de exactamente 666 caracteres cada uno, en parte por una manía de corte numerológico, en parte porque para entonces yo ya llevaba varios años trabajando en revistas web y había aprendido que es cierto eso de que la gente casi no lee. Lo que buscaba ante todo era que el lector no tuviera que scrollear hacia abajo para leer un cuento completo, y 666 caracteres cabían siembre completos en una sola pantalla. La longitud corta de los cuentos hace parecer fácil su escritura, pero no: hubo muchas veces que parecía que resumir un cuento a 666 caracteres sería imposible; hubo otras que la calibración no era exacta, hubo cuentos que, así de cortitos, con sus inocentes ocho líneas, me tomaron semanas de edición y reescritura. Al final, ese proyecto de 66 cuentos de 666 caracteres cada uno (exactamente 43,956 caracteres: unas 15 páginas escritas en Times New Roman de 12 puntos) me tomó casi dos años de escritura, revisión, desecho, reescritura, de trabajar exclusivamente de noche. En cualquier trabajo me hubieran corrido por tardarme tanto o por no dedicarle todas las horas de mi día; cualquier beca me hubiera sido retirada de inmediato. Para mí, escribir de este modo no implicó ningún glamour, no fue una postura crítica, sino que respondió a la necesidad de escribir para ser leído, cosa que finalmente todo escritor quiere.
Me parece importante enfatizar esto: escribir en nuevos medios, invadir blogs y cuentas de twitter, no tiene ningún glamour, aunque hoy parezca que sí. Hoy, que ya se hacen ponencias para hablar de esto, parece que es un statement, pero no lo es: reitero que quienes hemos empezado así nuestra carrera literaria lo hemos hecho más por necesidad que por otra cosa, y no somos sólo twitteratos o sólo blogueratos. Nos consideramos, todos escritores reales, no virtuales. Dudo que quienes escriben keitai shousetsu hayan empezado a hacerlo porque se consideraran escritores de twitter: lo hicieron (y no hablo japonés, pero puedo firmarlo) porque twitter fue el medio donde encontraron campo fértil para escribir lo que querían. Y muchos de los que estamos en esto empezamos a romper la barrera que nos impusimos por necesidad; muchos ya están saliendo a la mítica publicación de su libro, algunos estamos hablando en público (sin tener un solo libro en papel firmado enteramente por nosotros), pero, curiosamente, no muchos estamos haciéndolo por las razones correctas.
Hace algunas líneas decía yo que somos la generación de lo efímero y de lo múltiple; por lo mismo, somos la generación del escándalo. Quienes escribimos desde acá lo sabemos bien. Nos enfrentamos con un mercado literario cuyos edificios están desde hace mucho al acecho de Godzilla, y nosotros habitamos de algún modo en los servidores alojados en esos edificios que siempre parecen derrumbarse. Quienes escribimos en internet, además, padecemos de lo mismo que todas las páginas web padecen, sean éstas de ventas por catálogo o de videos chuscos: competimos contra blogs de sociales y sextuiteras por un sitio en la supervía de la información. Supervía: la cosa se mueve rápido, y uno debe tener el auto afinado y listo —o tener la capacidad de correr con pies desnudos a 120 km/h—; aunque los escritores seamos animales que se sientan a pastar por muchas horas —aunque eso creamos de nosotros mismos. Quizá por ello la tendencia entre los escritores que comienzan en internet sea una suerte de literatura del impacto: embarcarse en novelas de entregas por tweet, editadas democráticamente por followers en tiempo real; apelar a recursos bajísimos (como escribir cuentos de exactamente 666 caracteres cada uno) para lograr la atención del lector potencial. Si algo puede decirse de los escritores que empezamos en internet es que todos, absolutamente todos, privilegiamos la forma de un modo particular, entendiendo que nuestra competencia no es sólo el otro escritor, sino también cualquiera de las millones de paginas web en este planeta antojado de sushi.
Y en esa etapa es donde me parece que la reflexión es todavía lenta: con la llegada de los nuevos medios para la literatura, hemos privilegiado en la reflexión a la forma (estrambótica, escandalosa); nos preguntamos si el formato impreso desaparecerá y si es posible escribir todo un libro de cuentos de 140 caracteres. Pero todavía no llegamos del todo a preguntarnos qué fondos aparecerán con todo esto. Hemos llegado, en todo caso, a un punto medio: hemos definido géneros acorde al escándalo de la literatura en redes. La poesía aquí ha sido renombrada como poetuits; la narrativa se resume en microficción, y la novela vuelve a la novela por entregas velocísimas (entre paréntesis: hasta donde sé, nadie se ha aventurado a experimentar con el ensayo en estos nuevos medios; ¿qué dice de esta generación que su soporte de moda no esté buscando la reflexión honda a la que sólo puede accederse mediante el ensayo?). Las redes sociales y estos nuevos soportes han afianzado en la literatura mexicana lo que los noventa afianzaron en la música: la generitis. Si ya no basta tener una banda de punk, sino que cada vez más sabemos de bandas de electro punk-synth-pop, también cada vez más nos enfrentaremos con escritores que trabajen la nanoficción especulativa narco-gótica con tintes borgeanos.
El escándalo de las formas nos permite a los escritores fantasear con algo que un escritor jamás tendrá (al menos no así): alejarnos del sedentarismo mítico de escritor, volvernos estrellas de rock. Algunos ya gozan, o padecen, de su rockstarismo; algunos lo procuran quizá con demasiada ansiedad, llegando a la dudosa cumbre de democratizar su obra, de nuevo atendiendo a un glamour innecesario. Un ejemplo: en la FIL de hace dos años, una joven promesa de la literatura presentó un libro que fue escrito en facebook: él escribía capítulos que subía a la red social; los fans del proyecto votaban los capítulos: los modificaban, los iban llevando por donde querían. Al final, el libro se publicó. Uno hubiese esperado que fuera en éxito de ventas, pero no. El escritor, cuyo nombre ni siquiera recuerdo (cuyo nombre no aparece en toda la brillante galaxia de google), se extinguió rápido. Su democrática creación definitivamente no apareció ni en la lista de bestsellers del año ni en la de favoritos de la crítica de un solo periódico. Su libro fue un divertido juego de facebook, como Farmville. Nada más.
Yo no culpo a esta joven promesa disoluta porque sé que si hay una sola cosa que las redes sociales ofrecen, como canto de sirena, es la popularidad. En el vasto mundo de internet, no hay nada más fácil que sentirse popular a la primera, porque todo es muy directo; uno sabe exactamente cuántos followers tiene en twitter, uno puede saber exactamente cuánta gente leyó un cuento, y si ese número rebasa alguna barrera que uno mismo se impuso, hace falta mucha humildad para no sentirse la mismísima reencarnación de Shakespeare. Por eso, por el nítido acceso a la información que internet nos brinda, no dudo que también seamos la generación de las demasiadas letras.
Una de las grandes promesas de internet es la que años antes profetizara Andy Warhol (quien no necesitó nacer en Durango para tener el don de la clarividencia): los 15 minutos de fama. Cualquiera que tuitée puede ser famoso; cualquiera puede volverse un gurú de moda o de fitness, cualquiera puede ser sexólogo o escritor. Y como somos una generación que necesita permanencia al menos en el ego, nos gusta creer en espejismos también. Son muchos, muchísimos, los que piensan que no hay nada más fácil que escribir microficciones o poesía. Incluso hay tuiteros que, escribiendo frases cercanas a la autoayuda, han publicado libros que son bestsellers en Gandhi. Muchos que creen que el Dinosaurio de Monterroso o el “In a station of the metro” de Pound se escribieron en un ataque de cleverness tuitero. Estos espejismos nos hacen olvidar que detrás de toda gran creación hay una disciplina férrea y un trabajo a prueba de balas. La otra cosa que es muy fácil olvidar en redes sociales: los lectores en internet son, muchas veces, más que un número. Hay lectores distraídos, cierto, pero también hay lectores que, más o menos por el mismo efecto del fácil acceso, se creen (y a veces son) lectores perfectos. Y esos lectores te están mirando con una pistola en la mano mientras tuiteas, esperando un error, cualquiera de ellos, para darte unfollow o para cambiar de sitio web.
Seremos recordados como la generación de las muchas letras, y quizá para mal. No está de más preguntarse qué sería de Monterroso o de Pound si su trabajo hubiese dependido de tuitear cada tanto para no perder followers. Hoy parece que escribir es más fácil que nunca, pero también se requiere de la misma disciplina de siempre, quizá hasta más. Se requiere sobresalir de algún modo para ser el japonés que Godzilla no alcanza: el héroe de la película. Se requiere ya no sólo un trabajo de perfección literaria, sino de un arduo trabajo de relaciones públicas —que al escritor, tímido por naturaleza, le había sido vetado desde siempre.
Seremos recordados como la generación de las muchas letras, pero, según yo, también como la generación del insomnio. Repito ambas cosas porque me parece que en su combinación está el final de esta película que a muchos les parece de terror: el reto que se nos impone desde las redes sociales es hacer lo mismo que hacen los escritores desde siempre: escribir. Escribir mucho, escribir cada vez mejor; aprovechar los insomnios para generar mejores letras cada vez, entender a un lector. Al principio de este texto hablé de nuestro amigo Buzz Poole y de cómo le aterra que en Boston los aspirantes a escritores no quieran leer. A mí me parece que la visión de Poole es corta: quizá los estudiantes están ocupados viendo una película mucho mejor que muchos libros; quizá están escribiendo al respecto, adquiriendo material en el mundo real (mundo que Godzilla, me informan, todavía no invade). No se me malinterprete: yo atesoro los libros, pero creo que el mito alrededor de la literatura y del escritor nos había hecho olvidar que el trabajo del escritor es escribir. Y es quizá la recuperación de esa tarea la que nos cae desde el olimpo de las redes sociales. Es decir, si logramos olvidarnos de las manías por la popularidad, del escándalo de la forma, y tratamos de utilizar estos espacios como trampolín de una escritura nueva, cuyo único género posible será no la microficción y el poetuit, sino la experimentación y la reflexión. Dentro de no muchos años (aunque nuestro sentido de urgencia no nos permita pensar en cosa tal como muchos años), quizá sea sólo esa tarea la que no nos haga parecer una generación que se perdió hipnotizada por la luz que emitía el monitor.