secreto 9: nombre
La conocí en un chat de Starmedia en el segundo semestre del 2000. A no supo nunca de su existencia. Comenzamos a platicar como se hacía en esos tiempos: qué haces, a qué te dedicas, qué te gusta, de verdad eres mujer o me estás tomando el pelo. Cosas así. Pasaron, creo, dos semanas, en las cuales fui capaz de acudir a casas de amigos y a incipientes cafés internet para seguir conversando. Nadie me creyó nunca. Yo decidí creerle.
A y yo pasábamos por una crisis. Apenas llevábamos los primeros siete meses de lo que sería tres años; coincidió que por aquel entonces conocí a Isabel. Estaba confundido o ganoso, no lo sé: bastó una conversación nocturna con Isabel para que yo decidiera que quería estar sin A. Así que el día en que A volvió de un viaje por no sé dónde, decidí terminar. Solté un par de llantos (que ahora puedo admitir que fueron hipócritas) y me marché de casa de A, con una vela traída de no sé dónde en las manos, dispuesto a todo con Isabel. Sin embargo, desde el primer momento supe que Isabel no era. Y ese mismo viernes recibí la llamada que haría de P un secreto.
P era de Puebla. En el chat contaba que era modelo, que yo le caía bien, que algún día nos conoceríamos. En una situación normal, era el engaño perfecto para un post adolescente que no estaba del todo convencido de su noviecita de prepa. A mi alrededor, todos los que sabían de P asumían que yo estaba cayendo en una trampa. Sin embargo, esa llamada lo cambió todo. Era un sábado en la mañana: anunciaba que estaba llegando a México, que quería comer conmigo.
En vivo era mejor de lo que sonaba, era perfecta. Estaba en una casa que se caía a pedazos en una colonia horrible; estaba cubierta de ojos azules, de cara trazada con cuidado, de cabello flotante y cuerpo indecible. Perfecta. Nunca nadie me había recibido con una sonrisa como la que me regaló ese día. Me abrazó con la misma fuerza con la que me golpeó la primera impresión.
Comimos en la Condesa, y eran las tres de la tarde. Pidió una baguette, yo algo parecido. A la hora del café todo se hizo más largo. Fue ahí cuando me dijo que tenía cáncer Terminal. Sin quejas ni aspavientos: yo, sin esos guiños que no dio, no entendí el peso de su historia. Sabía que, de un momento a otro, moriría sin remedio. A eso siguió otra conversación, libros, música, la vida, oh, la vida. Terminamos cenando en un Vip’s a las tres de la mañana. Fue ahí cuando me dijo la verdad que yo desconocía: me dijo que yo debería volver con A. En ningún momento quitó la misma sonrisa del principio.
Llegamos a su casa y fue inevitable caer en el cliché: hubo un beso, quizá dos. Nada más. Prometí verla al día siguiente. Al día siguiente yo estaba volviendo con A, y todo volvía a su cauce. Nadie supo nunca de mi furtiva tarde con P, y supongo que hoy, quienes logren recordarme chateando con enjundia con una chica que parecía demasiado perfecta, deben seguir con la idea de que todo era una mentira.
Traté de buscarla dos o tres semanas después, cuando caí en la cuenta de que tenía cáncer. Nunca contestó otro mail, ni el teléfono. A veces pienso que murió sin que yo fuera capaz de decir algo. Como si yo no fuera capaz de meter la mano en la corriente.
Hoy a duras penas recuerdo esta historia; y ni siquiera recuerdo su nombre.
